Desde el pasado mes de octubre sabíamos que el camino hacia la recuperación del PSOE contaría con dos encrucijadas inmediatas. La primera ya se ha resuelto de forma concluyente con la elección democrática de Pedro Sánchez como secretario general del Partido. La segunda no es menos importante y se resolverá con la celebración del Congreso federal durante el próximo mes de junio.

En el Congreso deberán atenderse, a su vez, dos objetivos claves: uno de carácter interno y otro referido a la presentación del PSOE ante resto de la sociedad española en esta nueva etapa. En el objetivo interno prima la necesidad perentoria de superar las divisiones internas que se arrastran desde hace años, sin cierres en falso esta vez. En lo externo es preciso hacer ver a las mayorías que dan y quitan gobiernos que el Congreso se reúne en realidad para buscar soluciones a sus problemas, y no para encontrar nuevos escenarios de confrontación doméstica.

La superación de las divisiones internas solo tiene una receta eficaz, y es el compromiso efectivo de ganadores y no ganadores para emprender juntos el trayecto pendiente. Los ganadores han de mostrar voluntad para reconocer la pluralidad e integrar lealmente al conjunto, votara lo que votara, y los no ganadores deben asumir una actitud colaboradora de igual lealtad hacia quienes han obtenido en buena lid la confianza de la mayoría. El resto debería irse construyendo gracias a la argamasa de los valores propios de la cultura socialista: el compañerismo, la fraternidad y la solidaridad.

La supuesta controversia a resolver entre democracia representativa y democracia participativa no es tal. Porque no existe democracia viable sin representación. Y porque la participación directa, cuando está bien reglada, contribuye a cualificar la democracia. Tan solo hacen falta direcciones que dirijan, representantes que representen, y militantes con cauces suficientes y efectivos de participación.

El 39 Congreso, no obstante, habrá de lograr algo aún más complejo, que requerirá de ingenio además de voluntad, y de inteligencia además de concordia. Se trata de algo que hasta ahora no han logrado los socialistas con claridad en buena parte de nuestro entorno europeo. El reto consiste en ofrecer a la sociedad una propuesta al tiempo valiente y de gobierno. Es decir, rupturista y realista de una sola vez. Una izquierda avanzada y factible. Ambiciosa y responsable. Con la vista puesta en un horizonte de esperanzas renovadas, y con los pies firmes en el suelo.

Y, sin embargo, ese ha sido siempre el reto del socialismo democrático. Entre los conservadores de un sistema injusto y los liquidacionistas ciegos del sistema, la socialdemocracia siempre optó por las soluciones reformistas. Quizás resulten a veces menos emocionantes, pero a la larga fueron inequívocamente más eficaces para avanzar en el sentido del progreso.

Esa mayoría de españoles que da y quita gobiernos espera hoy de los socialistas, al menos, dos planteamientos. En primer lugar, una economía justa que proporcione buenos empleos. En segundo lugar, un esfuerzo honesto para moralizar la vida pública. Respecto a la primera cuestión esperan propuestas que no se resignen a pagar crecimiento con desigualdad y creación de empleo con precariedad. Respecto a la cuestión segunda esperan iniciativas honestas que ventilen ese aire putrefacto que envenena nuestra vida pública tras tantos años de corrupción impune por parte de la derecha.

Mientras tanto, conviene escapar del abrazo del oso que propone el PP bajo la trampa de la estabilidad. Tanto como conviene ignorar los cantos de sirena de aquellos que tan solo buscan en el PSOE un actor secundario y prescindible para su teatrillo semanal.

Vamos a ello.