Las personas de mi generación conocimos a un personaje paradigmático en la revista TBO, de nombre Doña Urraca, que concentraba todos los rasgos de una personalidad negativa, hipercrítica, carroñera, desagradable con todo y con todos, y nada dispuesta a tener un comportamiento humano y social positivo. Se trataba de una mujer enlutada, con moño, nariz corva, paraguas en ristre, y siempre con muy mala leche. De este personaje viene precisamente la expresión “urraquismo” o “doñaurraquismo”.

La verdad es que el clima político que se está viviendo en nuestros días en países como España me ha hecho recordar varias veces este paradigma de la negatividad y las actitudes insolidarias y agresivas. Actitudes que se encuentran en las antípodas de lo que se espera de un pueblo civilizado e inteligente, como es el caso de Portugal y otros muchos países europeos, en los que en circunstancias especialmente difíciles la oposición y las fuerzas políticas, económicas y sociales relevantes se aprestan a apoyar a sus gobiernos en todo lo que pueden y les piden.

Esta es precisamente la actitud más normal y esperable en circunstancias en las que amplios sectores de la población tenemos serios temores ante las incertidumbres económicas, sociales y laborales del futuro.

En situaciones especialmente graves, como suelen ser las guerras y las grandes catástrofes, los comportamientos cerradamente negativos, al igual que la propalación de bulos insultantes, derrotistas y desestabilizadores no solamente no se esperan por parte de nadie, sino que rayan directamente el nivel de lo asocial e incluso de lo punible. Por razones obvias.

Es cierto que las circunstancias actuales, y sobre todo las que previsiblemente vendrán cuando termine la actual crisis vital y de salud, no son exactamente las de una guerra; pero pueden llegar a parecerse mucho en sus efectos sociales y económicos catastróficos. Efectos que, obviamente, pueden afrontarse mucho mejor si la sociedad reacciona frente a ellos de manera unida y concordante.

Lógicamente, el grado de unidad y concordancia que existe en una sociedad puede variar notablemente en intensidad y en amplitud. Algo que ocurre también en el caso de los pactos políticos y en los grandes consensos socioeconómicos, que nunca son cosa de todo o nada, sino de grado. De hecho, en toda sociedad civilizada existe a la vez un cierto grado de consenso y de funcionalidad del pacto implícito y, a su vez, un cierto grado de conflicto y antagonización. La cuestión está en cómo se equilibran estos dos elementos del comportamiento político e institucional y cuál alcanza un grado mayor de proyección pública, favoreciendo los climas de confianza que pueden estimular positivamente no solo el trato social, sino también la confianza de los consumidores, los inversores, los innovadores, etc.

Por lo tanto, en circunstancias sociales como las que se viven actualmente en países como España es lógico que la opinión pública demande el mayor grado posible de acuerdo y consenso político entre las principales fuerzas sociales y políticas. O, al menos, entre las más sensatas y racionales. De ahí que sean muchos los que están pidiendo ahora algo parecido a lo que fueron en su día los Pactos de la Moncloa; no solo por lo que significaron en sí mismos, sino también en la medida que ulteriormente dieron lugar a un ciclo virtuoso de consenso. Círculo que posibilitó, primero, la aprobación de la Constitución Española de 1978 y, ulteriormente, una etapa virtuosa de desarrollo económico y de modernización política y social de España. Lo que benefició no solo al conjunto de la sociedad como tal, sino especialmente a los sectores sociales más vulnerables que antes de estos acuerdos no tenían seguridad social, ni pensiones públicas garantizadas, ni escuelas dignas para muchos de sus hijos y nietos, etc. Algo que debemos recordar que se debe a que el círculo virtuoso del consenso cubrió también una parte notable del ciclo político de la Transición Democrática y de la post-Transición, con las famosas tres universalizaciones de derechos sociales que en España aún estaban pendientes para millones de personas.

Por eso, en estos momentos en los círculos políticos y sociales más inteligentes y sensatos y en sectores muy amplios de la población se está demandando una reducción sustancial del grado de crispación política existente España. Y también, y esto es muy importante, un nuevo consenso social a nivel europeo que sea capaz de reparar, cuando aún se está a tiempo, las fisuras que se habían venido produciendo en los últimos tiempos en el contrato social básico en muchos países, en perjuicio especialmente de las nuevas generaciones. Descrispación que debe permitir recuperar una capacidad de impulso económico y social similar a la que en su día posibilitó el llamado consenso keynesiano y el famoso Plan Marshall. Iniciativas que no debemos olvidar que tuvieron en su día un cariz netamente europeo, y que contribuyeron a posibilitar no solo los famosos treinta años virtuosos de desarrollo, equidad y bienestar social, sino también el período de paz más largo y profundo conocido en la Europa moderna, que permitió poner fin a la anterior etapa de barbarie, de enemistades civiles irreductibles, de guerras y de regresiones civilizatorias. Como todos sabemos.

¿A alguien le puede extrañar que en estos momentos, y en los que vendrán después de la crisis sanitaria, millones de europeos en prácticamente todos los países van a reclamar con firmeza políticas civilizadas, solidarias, garantistas, consensuadas, e incluso sencillamente amables y humanas?