En un artículo reciente afeaba este autor la actitud del Partido Popular por sus continuas y desmesuradas críticas a la acción del Gobierno durante la presente pandemia, en unos momentos en los que el 80% de los españoles desean, según las encuestas, que la clase política aparque sus habituales reproches y se una en el combate común contra el dañino virus. La crítica de dicho artículo era más bien moral y expresaba estupor e indignación por ver a este partido poner una vez más sus intereses a corto plazo por delante del interés nacional. En este, quisiera complementarla con una reflexión –más desapasionada– desde el punto de vista político.

La actitud del PP, tal como afirmó la diputada socialista Lastra en el pleno del Congreso del 9/04, no puede ser un error (sería el cuarto o el quinto de esta índole), sino que se trataría más bien de una estrategia bien definida en sus órganos de gobierno, aplicada diligentemente por sus más destacados dirigentes y apoyada por su prensa y televisiones afines. Pero las preguntas relevantes son, ¿de qué estrategia se trata?¿adónde nos conduce?

Muchos opinamos que el cálculo que trasluce su estrategia es estimar que, o bien el Gobierno se hunde con la gestión de la crisis sanitaria, o bien lo hará con la subsiguiente crisis económica. Sería el mismo modelo que aplicaron al ex-Presidente Zapatero: no hubo la más mínima comprensión por parte del PP con la gravedad de la crisis económica de 2008 que el señor Zapatero hubo de gestionar y a la que todos los analistas se refieren actualmente como la Gran Recesión, por delante en letalidad de la Gran Depresión de los años 30 del siglo XX. Todos los males derivados de la crisis se los achacaron a él, e incluso trataron de que perdiera la crítica votación de mayo de 2010, en la que España se jugaba un posible rescate de la UE al estilo del que se aplicó a Grecia. De aquella fecha es la frase del señor Montoro, entonces diputado del PP y posteriormente Ministro de Hacienda, que ha quedado para la historia de la infamia: “Que caiga España, que ya la levantaremos nosotros». En aquella ocasión, CC, CiU y PNV salvaron con su abstención la luz verde a las medidas del presidente socialista. Pero Zapatero se quemó en aquella crisis y el PP solo tuvo que esperar a las elecciones de 2011 para que el Gobierno cayera en sus manos como una fruta madura.

Por esa razón, no es esperable que el PP apoye las medidas del Gobierno, ni en materia sanitaria, ni en materia económica. No suscribirá ningún pacto de reconstrucción del país. Si se pusiera al lado del Gobierno, sería corresponsable de las medidas que se tomasen y entonces no podría ejercer la crítica. Tratará tan solo de salvar la cara y de que no se noten mucho sus verdaderos fines. La estrategia se desglosa en tres o cuatro tácticas que ya hemos visto aplicadas estos días:

  • La que podríamos llamar “puño de hierro”: todas las decisiones del Gobierno son equivocadas, improvisadas, excesivas, o llegan tarde. No es imprescindible ser consistente: se puede demandar una medida y criticarla una vez que se toma. Siempre habrá un flanco por que el que atacar.
  • La complementaria, también conocida como “mandíbula de cristal”: si el Gobierno calla, entonces se consigue que cale el mensaje de su incompetencia; si se defiende, entonces el PP se hace el ofendido y proclama que es imposible acordar nada ante tales insultos. El resultado será siempre a su favor.
  • La de “minar la credibilidad”: se afirma que el Gobierno oculta datos o que sus propuestas no son sinceras. Se le atribuyen intenciones aviesas, imposibles de probar, como por ejemplo que pretende nacionalizar la economía. El objetivo sería extender la desconfianza.
  • Finalmente, la “explotación del dolor”: si hay fallecidos, el Gobierno será culpable, tal como escuchamos en el debate del 9/04; cuando haya centenares de miles de parados y miles de empresas en dificultades, también se los arrojarán a la cara. Ante el dolor y las dificultades, no hay como señalar un culpable. Ya lo hicieron los independentistas catalanes (“España nos roba”) con notable éxito entre sus votantes.

Pero, ¿adónde conduce esta estrategia? Parece evidente que el fin último es que caiga el Gobierno, quizás previa ruptura de la coalición del PSOE con Podemos. De ahí su reciente ofensiva, conjuntamente con Vox, para excluir a Podemos de cualquier posible pacto. Pero, si cayera el Gobierno, el PP no podría reunir los suficientes apoyos para formar un gobierno alternativo, ni aún contando con los votos de Ciudadanos y de Vox. Habremos de concluir entonces que su objetivo es deshacer la confluencia de votos que con gran dificultad se consiguió en diciembre de 2019, impedir la aprobación de unos nuevos presupuestos y forzar nuevas elecciones. En ellas, tanto el PSOE como Podemos habrían quedado desarbolados por su gestión de la crisis y el Gobierno caería en manos de la derecha “como fruta madura”.

Eso es lo que vamos a ver en las próximas semanas: ningún acuerdo de calado con el PP y la culpabilización al Gobierno de las, sin duda numerosas, dificultades que nos aguardan. Que cada cual le ponga la calificación moral que desee pero, siguiendo con un punto de vista político, ¿es posible contrarrestar esta estrategia?

Sin responder siempre a todas sus bravatas, creo que sería oportuno desenmascararles de vez cuando ante los ciudadanos en los debates del parlamento. Pero estimo más útiles los hechos que las palabras. Creo que el Gobierno está haciendo bien en ofrecer el pacto no solo a las fuerzas políticas sino también a las sociales y a los gobiernos autonómicos. Aparte de que el pacto de reconstrucción necesitará de todos ellos, es también un modo de dejar en evidencia a la dirección nacional del PP, ya que muchos gobiernos autonómicos gobernados por este partido están siendo proclives a sumar fuerzas. Sería importante ganarse a Ciudadanos, lo cual está esta vez en sintonía con la nueva actitud de este partido, que parece marcar un perfil diferenciado de los del PP y Vox. Y, también, extremar el diálogo y la cooperación con el PNV y con el resto de partidos pequeños que apoyaron la investidura. Dialogar, acordar y encontrar compromisos aceptables para todas las partes sería la mejor estrategia. La tarea de reconstrucción de la economía va a necesitar el concurso de todos ellos. Sin embargo, tratar de ganarse a ERC sería como jugar a la lotería, porque las estrategias de ese partido están dictadas por las dinámicas internas de Cataluña y por su competición electoral con JxCat, aunque también sería deseable contar al menos con su abstención en unos futuros presupuestos.

Si el Gobierno juega bien sus bazas, podría neutralizar la estrategia de la actual dirección del PP y esta quizás, al verse en evidencia, rebajaría el nivel presente de bronca política. Los ciudadanos lo agradecerían y, más importante aún, se podría llevar a cabo la gestión de la futura crisis económica con un mínimo de tranquilidad.