Hace ahora cien años, la situación militar de los Estados Unidos de Norteamérica se caracterizaba por tener un único enemigo, México, con quien había mantenido sus últimos conflictos fronterizos. De hecho, el contingente más importante de su ejército lo tenía estacionado frente a ese país.

Por otra parte, en 1917 iban a cambiar las relaciones de USA con Rusia. Este país, al igual que sus aliados europeos, quería que USA entrara en la guerra contra los imperios centrales, pero el ejército norteamericano no tenía, ni de lejos, una importancia acorde con la potencia económica del país. Su conflicto, único, con México, no le exigía mayores esfuerzos militares.

Ya sabemos que, al final, USA se alió con Rusia, aumentó extraordinariamente su ejército y entró en guerra. Ahí inició su carrera hacia la supremacía mundial. Y eso que su presidente, Woodrow Wilson, era un pacifista, un hombre de gran capacidad intelectual y acababa de renovar su mandato presidencial pocos meses antes con la promesa de no entrar en guerra.

Hoy, un siglo después, al hablar de USA tambien se habla de México, de Rusia, de rearme militar y de guerra (de momento, contra DAESH). Y de las promesas electorales de su nuevo Presidente, ya que es similar el hecho de que el país, como entonces, acaba de elegir presidente. Y esto, es decir Donald Trump, es el hecho diferencial.

Porque lo que no guarda, en principio, ninguna similitud es la personalidad de ambos presidentes. Reconozco que no es lo relevante, pero les aconsejo que vean una fotografía de cada uno de ellos. Luego, repasen su trayectoria intelectual antes de llegar a la Casa Blanca y, por último, traten de imaginarse a Trump recogiendo el Premio Nobel de la Paz como hizo, en 1919, su predecesor Wilson.

Hasta aquí, los datos objetivos. Ahora podemos comparar la similitud de estos datos y especular con la posibilidad de que se repitan otros de los de hace un siglo. Como, por ejemplo, la presencia de USA en el Pacífico.

Antes de 1917, USA había desplegado, a costa de España, su flota de acorazados por el Pacífico, respondiendo a una estrategia de intervención en esa zona. Esta política decayó cuando entró en la Gran Guerra y su papel de potencia en la zona lo ocupó Japón durante los años siguientes, con una expansión tan sin límites que terminó atacando la ya, quizás, obsoleta flota norteamericana de Pearl Harbor en 1941.

Es verdad que, ahora, las guerras entre grandes potencias ya son solo comerciales, como en su día avisó Lester Thurow, pero tiene todo el aspecto de que China puede hacer, ahora, el papel de Japón hace un siglo. Y esperemos que esta vez no tengan que bombardear nada y que, en lugar de pilotos kamikazes, solo usen tiendas multiproducto y artículos fabricados por trabajadores subretribuidos. Pero vete a saber.

Por lo demás, el «America first», de ahora, refleja con mucha exactitud el sentimiento de los USA de 1917 y fue difícil que cambiaran esa política aislacionista para entrar en guerra. Hizo falta el temor a que los aliados no pudieran devolver los cuantiosos préstamos que les habían hecho los bancos norteamericanos. E hizo falta, a modo de espoleta, el famoso telegrama del Ministro de asuntos exteriores, Arthur Zimmermann, interceptado por los servicios ingleses de inteligencia y donde Alemania pedía a México, otra vez México, que invadiera los Estados norteamericanos fronterizos para tener entretenido a USA en su propio territorio.

Todos sabían que la intervención norteamericana en Europa, y pronto se vería que en el mundo, era sustancial. Por otra parte, USA no podía consentir una nueva invasión mexicana de su territorio. Por eso, ese famoso telegrama de Zimmermann fue decisivo para la entrada norteamericana en la guerra. En USA aún se oía el famoso «Recordar el Álamo», grito que, aún hoy, parece resonar en muchos Estados norteamericanos donde ha ganado Donald Trump. No es raro que muchos lamenten el que el famoso muro que quiere terminar Trump no se levantara hace un siglo.

Bueno, hay que esperar que todo eso no nos lleve a tres décadas como las de los años de las dos guerras mundiales porque, aunque la universidad de Pensilvania donde estudió Trump no tenga el prestigio de Princeton (la de Wilson), no hace falta haber estudiado mucho para saber lo que pasó hace ahora un siglo entre parecidos protagonistas y similares políticas.