No voy a ayudar con mi artículo a clarificar la posición, más bien todo lo contrario. Veo tantos matices que me siento incapaz de pronunciarme de forma contundente sobre la necesidad de crear un cordón sanitario a Vox.

Me encuentro ante dificultades morales y estratégicas.

Los problemas morales nos invaden a los demócratas, y de eso se aprovecha la ultraderecha, de fomentar la debilidad de quienes estamos convencidos de que la Democracia es sólida para combatir el populismo, el extremismo y la sinrazón. Ante lo que la propia ultraderecha se reirá a carcajada limpia porque ellos utilizan los mecanismos democráticos para luego reventarlos por dentro. No es la primera vez ni será la última que así lo han hecho. ¿Hasta qué punto la Democracia debe impedir la expresión parlamentaria del voto popular? Partimos de que el voto de la ciudadanía es sagrado y no se equivoca, pero bien sabemos que no es así, que el voto puede ser egoísta, interesado, insolidario, desinformado, manipulado o, sencillamente, expresar el malestar de una situación personal.

No obstante, Vox representa a un número de votantes españoles, cada vez mayor número, a los que hay que garantizar su representatividad. Si no es así, ¿dónde queda el voto de esos ciudadanos?

Por tanto, ¿hasta dónde debe protegerse la Democracia de los ataques contra ella misma? No hacerlo supone una tremenda ingenuidad, pero situar los cordones que lo eviten debe suponer un consenso democrático de todas las fuerzas políticas.

Hay que añadir que la situación actual con la ultraderecha española es complicada, no solamente porque pretendan retrotraer a la sociedad al fascismo, sino porque sus redes a nivel europeo se están extendiendo de forma preocupante.  El problema de España con Vox tiene su correlación en Europa.

Sin embargo, esto no es Alemania. Ni la derecha española es la derecha alemana. Entramos por tanto en la estrategia.

  • Me ha parecido hábil y defendible la posición del PSOE al advertir que si el PP quiere gobernar en solitario en Castilla-León debe extrapolarlo a todo el territorio nacional, sea el nivel institucional que sea. No vale exigir gobernar en solitario y, en cambio, utilizar a Vox en Andalucía o en municipios de la Comunidad Valenciana. O no vale que Madrid y Ayuso vayan por libre. Lo que no sé es cuánto es de fiar el PP. Su voracidad populista puede hacerles llevar a que, después de Vox, se amplíe el cordón sanitario a otras fuerzas políticas, bien por ser demasiado izquierdosas, bien por la historia de la que surgen. Y eso supondría el acabose de la democracia.
  • Además de esta toma de posición, el PP debe hacer alguna que otra reflexión:
    – La posición de Díaz Ayuso coincide claramente con la posición de Vox. No solamente es una postura ultraconservadora, sino que fundamentalmente es una posición “antisistema”. Antídoto: un negacionismo político al estilo Trump que recoge las voluntades de todos aquellos que piensan que “esto es una mierda”, “los políticos todos iguales”, bajo el prisma de que en democracia solo se tienen exigencias, insultos y pataleos. ¿Es esa la posición que pretende mantener el PP? ¿Ser un partido antisistema con tal de conseguir votos como sea?
    – Por otra parte, el PP tendrá que rendir cuenta ante sus socios conservadores europeos que están frenando la entrada de la ultraderecha en sus gobiernos. ¿Dónde se ubica el PP: en la derecha democrática o junto a los gobiernos socios de Vox? Lamentablemente no se puede estar en ambos puestos.
    – El PP es responsable, en parte, del crecimiento de Vox. Sus exageraciones, populismo, medias mentiras, la ira en política han generado que gran parte de la ciudadanía piense que todo está tan mal que hay que acabar con este gobierno “radical-comunista-independentista, etc.”. Luego, la ciudadanía que les vota no entiende qué sucede y la incongruencia entre las palabras grandilocuentes y malsonantes y no ser un incendiario. No se puede jugar a encender los ánimos de la gente sin que luego tenga consecuencias.
  • La izquierda también tiene que reflexionar, sobre todo, desde el ámbito de Podemos y otros grupos políticos (el PSOE debe hacer su propio análisis). La soberbia no es buena consejera. Ni tampoco defender las cosas como si fuera el único punto de vista o como si se tuviera la razón absoluta. A veces, tengo la impresión de que se escucha poco y cuestiones esenciales de defensa de derechos y de libertad individual acaban “imponiéndose” de tal forma que se convierten en excluyentes. Las formas han sido decisivas en esta debacle permanente que ha ido sufriendo Podemos.
  • Me queda una duda final: ¿hasta qué punto excluir a Vox no supone darles más oxígeno, reforzar su base electoral?

Demasiados riesgos encima de la mesa como para que esta situación política no requiera un análisis sesudo, sensato, discreto, reflexivo y de acuerdo nacional y europeo. ¿Quién le pone el cascabel al gato?

De momento, hay muchos ciudadanos que han emitido su voto a la ultraderecha, tanto en España como en Europa. EEUU sigue alimentando a su “monstruo particular”, Donald Trump. Los problemas económicos y sociales no justifican este tipo de votos, ¿o sí?

No obstante, la comprensión no conlleva la justificación de las acciones que se realizan. Una de dos, o consideramos que los votantes de Vox son engañados o consideramos que saben perfectamente lo que han votado. ¿Qué opción es mejor?

Diría Hannah Arendt, “contra la subjetividad de los hombres se levanta la objetividad del mundo hecho por el hombre”. Efectivamente, la Democracia no es solo subjetividad, tiene sus reglas de método, funcionamiento y valores. Y, en estos momentos, está siendo atacada desde el propio interior del sistema.