César Luena

La rápida y mejor reacción de la Unión Europea ante la crisis provocada por la pandemia de la COVID19 está poniendo de manifiesto, de manera ya definitiva, que la gestión de la Gran Recesión del 2008 fue equivocada y provocó un impacto devastador en las estructuraras sociales y económicas de muchos países, como es el caso del nuestro, que podría haberse evitado.

Fue en el año 2012 cuando el gobierno conservador de Rajoy emprendió la política de recortes sociales y ajustes de la mano de un rescate financiero pedido a Europa, que pretendieron vanamente ocultar y cuyos perjuicios son hoy evidentes.

Entonces se dijo que no había alternativa y que recurrían a esas políticas, causa y origen de numerosos problemas hoy acuciantes (auge del nacionalismo extremo y de la ultraderecha, especialmente), porque no existía otro camino posible.

La gestión actual, contraria a la puesta en marcha hace una década, demuestra que esa afirmación era falsa, porque sí había alternativas, pero se optó por una vía ideológica muy definida: un ajuste fiscal a costa de las clases medias y trabajadoras, acompañado del desmontaje de los servicios públicos y prestaciones sociales esenciales (como se ha comprobado con la sanidad durante esta crisis), que provocaron la mayor generación de desigualdad a escala global desde la Gran Depresión de 1929.

Afortunadamente, la derecha y los liberales de la mayor parte de la Unión, han entendido el error cometido en el pasado, han comprendido el enorme coste social que supuso y, en consecuencia, han apoyado las políticas de inspiración keynesiana y socialdemócrata que los gobiernos socialistas de España y Portugal propusieron de inicio y que fueron secundados por Italia y, finalmente, por el eje Francia-Alemania.

Durante estas últimas semanas, el debate, una vez que el paradigma de corrección y revisión con respecto al 2008 ya es unánime entre los socios comunitarios, se ha centrado en el carácter de los recursos a movilizar, si ayudas o préstamos o una mezcla de ambos, la vía para financiar esos recursos, mediante una fiscalidad nueva y con emisión de deuda garantizada federalmente, aun de forma muy incipiente y experimental.

Es decir, si en 2012 el debate era sobre recortes y ajustes, en 2020 lo es sobre alcance de la solidaridad, el tipo de ayudas y las medidas de avance en el proyecto federal de integración. Un gran avance, se mire por donde se mire.

Por resumir, de la vía egoísta y antisocial hemos evolucionado a la vía solidaria y europeísta.

Y justo en ese momento, el PP se ha desmarcado de esa tendencia, mayoritaria en Europa y muy mayoritaria en España, para situarse del lado de quienes reclaman ajustes y recortes a cambio de las ayudas.

El PP, como durante la negociación para conseguir los Fondos de cohesión, que lideró el PSOE de Felipe González, o como durante la guerra de Irak, a la que se opuso firmemente el PSOE de Zapatero, escoge colocarse en el lado injusto y equivocado: el lugar de las políticas antisociales y antieuropeístas.

Afortunadamente, el PSOE de Pedro Sánchez ha conseguido, con su rápida reacción e iniciativa, que España vaya a beneficiarse de un plan de recuperación que tendrá un impacto muy alto en nuestra economía y ayudará a asegurar la igualdad de oportunidades y la cohesión social.

La lección que extraemos de todo esto es que siempre hay alternativas y políticas para escoger. Nunca nada es obligatorio, ni hay caminos imposibles. La conclusión que obtenemos es que el PP elige sus caminos y sus políticas de acuerdo a su ideología ultraliberal y en contra de los intereses generales de España, desplegando unas enormes dosis de deslealtad e irresponsabilidad. Así fue en 1994, así fue en 2012 y, lamentablemente, así está siendo ahora. Siguiendo a Gil de Biedma, ya todo se comprende.