Las sociedades del siglo XXI han llegado a un grado tan elevado de agotamiento moral y ético que es preciso acabar con la doble moral de la que hablaba Bertrand Russell, cuando afirmaba que la humanidad tiene una moral doble: una que predica y no practica, y otra que practica y no predica.

El primer paso podría ser que en nuestras vidas cotidianas recuperáramos la sensibilidad. Sí, la sensibilidad hacia lo que ocurre alrededor nuestro, más allá de nosotros mismos. Es un ejercicio que al principio nos causará dolor, porque significa abandonar parte de un egoísmo que poseemos pero que difícilmente tendemos a reconocer. La ventaja, es que cuando comienzas te sientes más conectado con tu entorno, lo que aumenta la convivencia en general, y tu convivencia en particular.

Ahora se maneja más el término empatía. Pero más allá de la palabra utilizada, lo importante es la actitud. La disposición, primero, para observar y percibir lo que pasa a nuestro alrededor. La intención, después, de comprender los sentimientos y las emociones que sienten otras personas. Lo que a lo mejor permite que seamos menos intransigentes y  comprendamos mejor tanto el comportamiento como las decisiones de los demás. Y por último, la acción de ayudarse unos a otros.

Estos cambios individuales, tienen que enlazar con un nuevo contrato social que contemple como objetivo fundamental de la humanidad la dignidad de todos los seres humanos. Esto supone, ampliar de manera efectiva los derechos; acabar con la aceptación de que el fin justifica los medios; hacer frente al dinero como elemento de medición del triunfo social; y finiquitar, mediante la regulación y la política fiscal, el afán excesivo de riqueza de las elites económicas, políticas y militares.

Si esto sucede, recuperaremos la capacidad de indignación y, por tanto, de actuación, presión y exigencia a los gobiernos elegidos democráticamente frente a cualquier injusticia, abuso, mentira, atropello, componenda, privilegio o acto criminal. Pero, sobre todo, recuperaremos el gobierno de nuestras vidas y el progreso global.

Vivimos en la sociedad del ruido. Pero por encima de ese ruido permanente, que nos ensordece, hay un silencio sonoro que nos degrada como seres humanos, porque es un silencio que cierra los ojos contra la injusticia o contra lo que no nos gusta.

Un silencio que viene acompañado del disimulo, la ocultación, la aparente calma, la normalización de acciones deshonrosas y humillantes que padecen millones de personas, ya sea por explotación laboral, por hambre, por violencia, por abusos, por asesinatos y muertes, que por repetidas en el tiempo han provocado una especie de costra o coraza de insensibilidad en las personas.

Se da la espalda a la realidad que nos incomoda, ya sea la más cercana, que puede consistir en no hacer nada ante esa vecina que necesita ayuda contra la violencia que sufre en su hogar; o la que afecta a miles de niños refugiados que llegan a Europa solos, y son carne de mafias y abusos.

El pensamiento individualista neoliberal trajo una atomización de la población basada en la promesa del triunfo personal o en el miedo al fracaso, que circunscribe en la esfera personal para que no se cuestionen las injusticias y los abusos en el conjunto de la sociedad de los más poderosos.

Algo es evidente, cuando se elimina la capacidad de empatía con el sufrimiento ajeno, enmascarándolo de fracaso personal, sin ningún tipo de responsabilidad social, se aleja cualquier tipo de reacción que vaya encaminada a transformar la sociedad sobre la base de más democracia y más igualdad  real.

Frente al agotamiento presente, volvamos a la fortaleza moral que se predica y práctica. A una moral que nos imponemos individual y colectivamente desde la libertad, pero con el objetivo de la dignidad para todos los seres humanos. Solo de esa manera aprenderemos a tomar decisiones moralmente justas. Solo así seremos ciudadanos libres que se levantan contra la injusticia, el abuso y el privilegio. Ciudadanos libres que hacen real el sueño de más justicia, igualdad y libertad.