Estamos asistiendo con estupor a lo que sucede en el Parlamento catalán y que, prácticamente todo el mundo, a excepción de las “primeras espadas” del independentismo, considera un esperpento, una tragicomedia, una estupidez política en mayúsculas de la que no se sabe cómo salir.

¿Ahora qué? ¿Cárcel, multa, inhabilitaciones, los tanques a la calle?

Se pide sensatez, prudencia, diálogo, y, sobre todo, que la política actúe, es decir, que se negocie y se hable, y no se llegue a una situación sin retorno a base de pantomimas parlamentarias que solo sirven para quebrar la convivencia democrática. Pero, ¿los dos trenes que están a punto de chocar entienden lo que significa “diálogo y política”? Si así fuera, la situación no hubiera llegado tan lejos y se hubiera frenado antes, pero se ha jugado a ganar votos, cada uno en su propio saco, pensando quién resistiría más y aguantaría antes de tirarse por el precipicio: al Gobierno del PP le venía bien el enfrenamiento con un territorio en el que no obtiene votos, y a los independentistas le viene bien hablar de “súbditos y agravios”.

Lo que ninguno de ellos imaginaba, probablemente, es que serían capaces de llegar al “suicidio” de la propia Catalunya y España. Supongo que se tomaron a broma las amenazas de los independentistas que decían que “había que poner al Estado contra las cuerdas”.

La realidad es que hace mucho que tenemos un problema político sobre la mesa y no se ha querido abordar ni ver, quizás por intereses electorales, quizás por gran miopía política.

Hoy, en un debate en la Ser, una vez más, Josep Borrell ha dado un giro al problema apuntando al corazón de la situación desde una perspectiva distinta.

Ante la pregunta de si es posible ahora dialogar, Borrell ha preguntado quién con quién ha de establecer el diálogo. Una respuesta que ha dejado a los locutores en silencio. El problema crucial no es España contra Catalunya, como se intenta trasladar continuamente, sino la propia Cataluña. Lo que está roto es la convivencia entre catalanes, donde hay dos mitades es en la población catalana, donde se debe saber con nitidez qué piensa la población es en Cataluña.

El resto de españoles tenemos clara la posición y no entendemos con nitidez y con todos los matices qué está ocurriendo en Cataluña, pero adoptamos la posición de que “los catalanes” son un bloque que quieren independizarse. Pero no es así. Bien lo señala Borrell.

Seguramente el independentismo está agitando, gritando, haciéndose ver, utilizando el parlamento, vociferando, … y malutilizando la democracia, puesto que no dispone de la mayoría de los votos de los catalanes para proceder a la independencia, aunque así lo quieran hacer ver. ¿Serían capaces de ir a una independencia con la mitad, o menos, de la propia población catalana en contra? Seguramente sí. De hecho, están dispuestos a silenciar, criticar y amedrentar a los catalanes que no quieren la independencia, que cada vez más, silencia su voz por la incomodidad que les produce la situación y por el acoso que sufren en sus propios puestos de trabajo (así lo manifiestan muchos amigos catalanes).

El malestar que se junta en Cataluña es muy diverso y no todo cabe en el mismo cesto: todos los independentistas no son de la radicalidad de la CUP ni están de acuerdo con lo que están haciendo, ni todo el bloque independentista es tan compacto, pero es cierto que existe un malestar general por cuestiones sociales o económicas diversas de las que intenta sacar tajada el independentismo radical.

La política que se está haciendo en Cataluña es de brocha gorda, de simplezas, sin matices, dividiendo a la población en dos, “o independentista y catalán, o no”, pero no es tan fácil, nunca lo fue, pero la madeja se ha ido haciendo cada vez más grande y compleja. La estrategia que ha utilizado Rajoy en otros asuntos, de mirar hacia otro lado y dejar que las cosas se pudran, en este caso, no está funcionando, sino todo lo contrario: está provocando un suicidio para la política estatal.

Lo que no sé es si estos juegos de “ratón y gato” que se están produciendo entre dos gobiernos (el estatal y el catalán), cada vez más carentes de credibilidad, y rayando la legitimidad conducen a algún puerto.

Mientras tanto, Cataluña o Catalunya están sufriendo la barbarie política.