En la actividad política, cuando se cree en lo que se hace y lo que se hace es por el bien común, debe regir el principio de voluntad de permanencia. Voluntad de permanencia de los actores (sean líderes, organizaciones o sujetos colectivos) y de los instrumentos (sean leyes, normas o propuestas). La desgracia de la política española es la tremenda pulsión de muerte y destrucción que contiene. De terminar con el otro aún a costa del propio suicidio. Cipolla definía esa actitud como la forma suprema de estupidez. En sus palabras, la estupidez sería el principal rasgo característico de la política española. Podría decir de la derecha, pero ahí está el 2016 para demostrar que no solo.

La voluntad de suicidio como organización de Ciudadanos fue impresionante; el instinto destructor, a riesgo de morir matando, del Partido Popular una evidencia empírica. El camino de autodestrucción del PSOE en 2016 fue otro ejemplo. Las macrocefalias organizacionales de Podemos son sintomáticas de algo, mientras que Vox es, stricto sensu, un estado de ánimo: el de un español cabreado (y visualizo a Alfredo Landa) que padece de cálculos biliares.

Y luego están los instrumentos de gobierno. ¿De qué sirve o qué utilidad tiene una ley o su reforma si el mañana no está garantizado? El ejemplo más doloroso en España son las leyes que rigen el sistema educativo. Recordemos: sea religión o civismo, los dos se han dado con honda. Llega un gobierno y fija como optativa la religión, llega el siguiente y doble taza de credo.

La cuestión es simple. En democracia, como en la vida real, el tiempo es fundamental. Todo cambia, nada queda, a menos que se alcance un punto de equilibrio. No hay logros, como se entienden en la historia de la lucha por la igualdad y los derechos. Los logros se escriben en la arena de la memoria. Por eso, Noemi Klein no hace realmente teoría: solamente muestra la evidencia de los usos del shock. Unas emergencias que pueden ser espontáneas o inducidas legitiman la represión y la desigualdad. Sobrevaloradas en su gravedad o exageradas en su alcance. La ley mordaza del Partido Popular fue un ejemplo claro de ello.

Y la permanencia exige el acuerdo sobre el instrumento y la voluntad de permanencia de sus promotores. Como ejemplo político, que también lo hay, la estrategia sin tiempo del gradualismo que practica el PNV (salvada la crisis de Ibarretxe). Si no es para hoy será para mañana, será para cuando se pueda, pero ahí va, machaca que machaca sin un paso atrás.

Y aquí llegamos al meollo. Vivimos tiempo suicidas donde el medio es el mensaje y el mensaje es humo en el viento. ¿De qué sirve derogar una ley o reforma si eso es instrumento para que detrás llegue otro y la fabrique peor aún? ¿Para qué suicidarse políticamente por el momento de gloria y dejar en precario el futuro de la sociedad que defiendes? Y no solo.

Casado cometió un error gravísimo al no apoyar la prórroga. El gobierno al centralizar las decisiones también concentró las miradas y los reproches. Nada bueno para nadie saldrá de tanta muerte. Sin embargo, la sanidad es responsabilidad de los gobiernos autonómicos. Son sus recortes y miserias los que han empedrado este dolor. Dejar al gobierno en la diana era la mejor opción para su intención: destruir la credibilidad de su gestión.

Sin embargo, decidió caminar sobre una hoja de doble filo. Uno de los filos fue arriesgarse a que no se diesen más prorrogas. Y que él fuese el principal causante de lo que, sin duda, pasaría. Un riesgo de vida o muerte, nunca mejor dicho. El otro filo era la exigencia de pasar de fase en autonomías como Madrid. Otro tanto. De conseguirlo prematuramente, el que exigió lo que no debía asumiría el reproche. Casado se la ha jugado. Y creo intuir el porqué.

Casado y su zorro feroz le han tomado las medidas al presidente del gobierno. Resulta que detectaron su debilidad, aunque les ha costado darse cuenta por un problema de disonancia cognitiva. El presidente va en serio: le preocupa sinceramente el problema, la vida y la muerte, de los ciudadanos españoles. Y lo hace más allá del cálculo político o electoral. Casado solamente se arriesgaría a exponerse tanto (imaginen a la Perlas gestionando la pandemia en Madrid) en la premisa de que Pedro Sánchez es un tipo decente. Han tardado un poquito. Estaba aun caliente la metralla de vagón cuando Aznar gritaba “ha sido ETA, ha sido ETA”. Estaban a lo que estaban. Y esos mismos ya saben lo que hacer ahora, medios mediante: “ha sido él, ha sido él” buscando igual propósito con la esperanza de mejor suerte, en esta nueva manifestación de la muerte.

Quizás, y solo digo quizás, es llegado el momento de “que cada palo aguante su vela” y viceversa: “que cada vela aguante sus palos” (y reproches). No es por nada. Solo para dar ocasión a que algo perdure.