Desde que estoy al frente del CIS me he visto forzado a participar —por aquello de “quien calla otorga”— en debates un tanto peregrinos. Pero, he de reconocer que uno de los más peculiares ha sido el de la pregunta 6 del barómetro especial del CIS realizado en abril de 2020, en medio de los acontecimientos y sufrimientos causados por la pandemia del COVID-19.

Aunque vengo haciendo estudios sociológicos desde el año 1965 y he efectuado o dirigido a lo largo de mi vida más de un centenar de investigaciones empíricas, la verdad es que nunca me imaginé que podría llegar a estar implicado en una controversia tan bizantina, con tan poco sentido como utilidad, como la de la pregunta 6.

La manera en la que se suelen redactar las preguntas en las encuestas sociológicas ha sido objeto de no pocas observaciones y bromas, desde los mismos inicios de la sociología empírica.

Yo mismo he ironizado en no pocas ocasiones en mis clases y conferencias sobre la inclinación de los sociólogos a recurrir a formulaciones de preguntas enrevesadas y pomposas para suscitar cuestiones que los ciudadanos normales suelen plantear de manera mucho más sencilla y directa. Por eso, he recomendado muchas veces —seguro que algunos de mis antiguos alumnos lo recordarán— ejercitarse en el “arte” de redactar preguntas sociológicas desde el sentido común y la sencillez.

Y esto lo he ejemplificado a veces parodiando la manera en la que los sociólogos abordamos complejamente cuestiones bastante sencillas. Por ejemplo, un sociólogo puede hacer la siguiente pregunta: “Refiriéndome en estos momentos al artilugio mecánico y de tamaño reducido que lleva Ud. circundando la muñeca izquierda, ¿podría decirme Ud. cuál es la posición que ocupa cada una de las dos manecillas de distinto tamaño que se encuentran visiblemente situadas en la esfera de dicho artilugio?”. Es evidente que cualquier persona normal reduciría este galimatías a una pregunta bien sencilla: “¿Qué hora es?” —diría—, sin necesidad de tantas vueltas y revueltas pretendidamente técnicas y precisas. Lo importante es que la respuesta obtenida sería exactamente la misma, en el supuesto que el común de los preguntados sean capaces de entender lo que se quería saber con la primera formulación de la pregunta. Lo que provocaría, lógicamente, muchas respuestas registradas como: “no sabe” y “no contesta”.

Por eso, una de las reglas de oro de la formulación de las preguntas de cualquier encuesta es la sencillez, para lograr que la realización de una encuesta sociológica se parezca a una conversación normal entre personas normales.

Que esta regla elemental no se suele seguir siempre es algo que se podría verificar si se sometieran a análisis retrospectivo los archivos de cualquier Instituto de investigación sociológica —incluido el CIS—, por no mencionar las encuestas que publican regularmente muchos periódicos.

También ocurre lo mismo con no pocas frases de tertulianos y periodistas. De hecho, hay secciones y programas humorísticos que se dedican a recopilar errores y sentencias mal construidas que se repiten continuamente, con anécdotas muy divertidas. Algo que se suele hacer sin acritud.

Sin embargo, en el debate sobre la pregunta 6 del susodicho barómetro especial del CIS de abril de 2020, más que una admonición amable, humorística y realizada sin acritud, lo que ha predominado fue un afán desmedido de descalificación y casi de linchamiento, con notable exageración, acritud y falta de imparcialidad y objetividad. Algo que convirtió tal controversia en un fenómeno sociológico y político digno de ser analizado. Y desvelado en sus verdaderas razones y motivaciones.

Dicen los historiadores que cuando Bizancio estaba asediada y en las últimas, sus finos querulantes y polemizantes continuaban discutiendo con ardor y agresividad desmedida sobre cuál era la verdadera naturaleza del sexo de los ángeles y otras “grandes cuestiones decisivas”, mientras emitían dicterios condenatorios y amenazas de anatemas y excomuniones. Imagen sorprendente y peregrina que no he podido menos que recordar en los días en los que con una agresividad y furor desmedido algunos se dedicaron a excomulgar, anatemizar, descalificar e incluso insultar a quienes en el CIS han —hemos— sido capaces de redactar una pregunta “tan malvada y tan mal redactada” como para merecer no se sabe qué terribles penas del infierno. E incluso de carácter terrenal.

En algunos de estos comportamientos —y en otros similares— no es difícil encontrar componentes del típico paradigma de la vieja “Doña Urraca” de los tebeos de infancia de los más veteranos, como analicé en mi columna del 12 de abril en Sistema Digital (https://fundacionsistema.com/urraquismos-politicos-desfasados-y-consensos-economico-sociales-necesarios/). Sin embargo, más allá de los excesos, lo cierto es que en este debate-linchamiento había un trasfondo político muy revelador. Trasfondo que no deja de ser inquietante. Y amenazante.

Por eso es importante no perder de vista el contexto en el que surgieron, como un torbellino, tales comportamientos y pronunciamientos descalificadores.

El contexto es el de una situación de enorme gravedad humana y de un gran peligro social, en el que algunas fuerzas políticas y parapolíticas intentan instrumentalizar el dolor humano y los miedos ante algo que no sabemos si podremos controlar —esperemos que “de momento”— para obtener rendimientos políticos extraordinarios. O para decirlo más claramente, para intentar acabar de una vez por todas con Pedro Sánchez y el gobierno actual. Al que algunos no dudan en descalificar, denigrar, calumniar y linchar con desmesura y sin disimulo alguno, sin detenerse a considerar cuestiones éticas y de veracidad.

La agresividad y contumacia con la que ciertas personas se aplican a este empeño sanchizida está crispando y deteriorando el clima político de España en un grado y de una forma que no tiene parangón con prácticamente ningún otro país del mundo civilizado. Por eso, precisamente, están siendo tan llamativos los contrastes con países como Portugal —no solo— en el que la oposición apoya y “desea suerte” a su gobierno, en comparación con los climas y comportamientos que se intentan promover en España bajo el primitivo criterio de “leña al mono hasta que no aguante”. Lo que algunos interpretan —con temor— como un intento de retorno a los viejos “odios africanos” y a la hostilidad a muerte que tanto emponzoñó y deterioró la convivencia social y política en España en etapas pasadas de nuestra historia. Etapas que algunos pensábamos que ya estaban felizmente superadas.

En este contexto preciso, la Encuesta especial del CIS de abril de 2020 proporcionaba unas informaciones sociológicas que cuestionaban la estrategia de confrontación cainita que algunos promovían con ardor digno de mejor causa. Es decir, la Encuesta del CIS demostraba que la gran mayoría de los españoles son —somos— tan civilizados como los portugueses y tantos otros pueblos maduros, que entienden que en momentos tan difíciles lo que todos debemos hacer es arrimar el hombro y ayudar —ayudarnos todos— a afrontar lo mejor posible una situación tan terrible como la que tenemos (vid. gráfico 1).

En la sociedad española, y en múltiples planos, tenemos todos los días ejemplos emocionantes de solidaridad, de empeños constructivos y de voluntad de aportar y proyectar lo mejor de la condición humana con nuestros semejantes: con profesionales de la salud esforzándose de sol a sol, voluntarios que hacen y distribuyen gratuitamente mascarillas y trajes de protección, figuras del mundo de la cultura que aportan libremente lo que saben hacer, vecinos que se apoyan unos a otros como pueden, niños y niñas que escriben y difunden cartas emocionantes, personas que no dejan de pensar en cómo tener gestos de apoyo y estímulo a sus vecinos, a los enfermos, a los seres cercanos, etc. Y los aplausos, sobre todo, los aplausos como expresión de apoyo y símbolo de unidad de todos y para todos; aplausos a los que salen de las UCI’s y de los hospitales, a los que cumplen años, a los que viven su soledad ayudados por sus vecinos, a la Policía, a los Guardias Civiles, al Ejército que está allá donde se le necesita… En fin, están viéndose gestos constantes de solidaridad, comprensión y ayuda.

Y también tenemos, claro está, grandes profesionales del periodismo que en sus programas o columnas tratan de ofrecer imágenes verídicas y amables, difundiendo las mejores informaciones de ese despliegue ejemplar de generosidad y talante humano que se vive en nuestras sociedades y vecindarios. Muy lejos, claro está, de ese otro espíritu propio de las Doñas Urracas de turno, de personas que permanecen encadenadas a sentimientos de odio, y negatividad, con una mala leche sistémica.

¿Qué demostraban los datos sustanciales del barómetro del CIS de abril? Como se puede constatar en el gráfico 1, que la inmensa mayoría de los españoles apoyan los esfuerzos del gobierno y quieren acuerdos que permitan afrontar mejor la situación actual, que piensan que los partidos de la oposición ahora tienen que arrimar el hombro y ayudar en lo que puedan (como de hecho ocurre en los países serios), que entienden que para afrontar la pandemia hay que seguir las recomendaciones y criterios de los expertos en la materia, que saben que el gobierno central tiene que organizar y coordinar las medidas y respuestas contra la crisis, y no los gobiernos autonómicos, que consideran que el gobierno y su actual Presidente lo están haciendo razonablemente bien, etc.

En definitiva, la encuesta del abril del CIS proporciona informaciones bastante útiles para saber qué piensan en estos momentos los españoles sobre cómo afrontar la crisis y cómo actuar con inteligencia y sentido humano ante una situación que es, y va a ser, muy difícil y que exige y va a exigir grandes esfuerzos. Se trata de informaciones útiles para todos. También para aquellos líderes que a veces parece que están secuestrados por equipos de asesores empeñados en estrategias de confrontación dura y total, que intentan ocultar los datos reales de la evolución de la opinión pública actual, presentando imágenes distorsionadas de los españoles, como si estos lo que ahora quisieran básicamente es una pelea a muerte contra unos supuestos usurpadores ilegítimos del poder. Es decir, contra Pedro Sánchez y el gobierno actual.

Por eso, en cuanto algunos tuvieron conocimiento de los datos de esta encuesta —¡ay los filtradores!— que venían tan mal a sus propósitos estratégicos de hiperconfrontación, lanzaron una campaña de descalificación —¡otra vez!— contra el CIS y su Presidente. Y en esta ocasión también contra la empresa demoscópica a la que, por circunstancias y razones obvias, esta vez se había encargado la realización de la encuesta, con carácter urgente y extraordinario. Empresa a la que se intentó descalificar con argumentos tan peregrinos como que, en alguna ocasión, había hecho encuestas para Podemos —¡tate, tate, tratos con el diablo!— y para el propio Presidente del CIS —como si estas fueran causas de impugnación y casi delito—, sin tener en cuenta que, a pesar de que la encuesta se contrató de acuerdo al régimen de emergencia, se pidieron cuatro presupuestos, realizando el encargo al más barato y que ofrecía más garantías de plazo y calidad. Obviando también que se trataba de una empresa con más de treinta y cinco años de trayectoria, que ha trabajado para muchas empresas privadas y para distintos gobiernos e instituciones —también internacionales— y que durante muchos años realizó las encuestas de la empresa de un sociólogo como Juan Díez Nicolás. Pero, en este caso, parece que lo importante era que en algún momento había tenido tratos con el diablo.

En cualquier caso, esta no fue la única ni la más exitosa operación de desviación y descalificación puesta en marcha por los estrategas de la confrontación dura, sino el intento de cuestionar la redacción de una pregunta específica, que según tales estrategas podía cuestionar la libertad de expresión y prensa. Lo cual no deja de resultar asombroso: ¡la derecha más dura, extrema, trasnochada y contaminada de tardofranquismo haciendo bandera de la libertad de expresión! ¡Lo que hay que ver! Y todo ello para intentar descalificar y ningunear una encuesta cuyos resultados estaban en las antípodas de lo que ellos pensaban —y querían— y que, por lo tanto, les venía tan mal.

En estrategia militar este tipo de operaciones merecen el calificativo de “maniobras de diversión”, y en un plano cinéfilo-cultural son conocidas como Macguffins. Es decir, como esa estratagema que tanto empleó en sus películas el genial Alfred Hitchcock para intentar atraer —y desviar— la atención sobre un acontecimiento o hecho que apartaba la mirada del hilo central del argumento, engañando a los espectadores. Algo que hizo una vez tras otra en varias de sus películas.

Aunque el propósito desviador de los estrategas del antisanchismo visceral era un tanto forzado y resultaba poco verosímil que pudiera parecer creíble en boca de la derechona más intransigente, lo cierto es que tal macguffin fue “comprado” inmediatamente —ya se averiguará por qué— por profesionales y medios de comunicación que no están en esa órbita ideológica, y que no fueron capaces —o no quisieron— entender el engaño estratégico que se escondía con esta añagaza. Y, por lo tanto, por activa y por pasiva acabaron jugando ese papel tan curioso que los teóricos de las estrategias duras suelen calificar como el de “los tontos y las tontas útiles”. Personajes que como las famosas meigas gallegas existir, existen, de manera consciente o inconsciente, que suele ser la más habitual. Como demuestra la historia (la pequeña y la grande) con múltiples ejemplos.

Pero lo más llamativo —y sorprendente— en este caso ha sido la enorme exageración desplegada contra una simple pregunta de una sencilla encuesta sociológica sobre los impactos del coronavirus, que ni pretendía ni decía lo que algunos han sostenido (vid. tabla 1).

Lo que obliga a preguntarnos, ¿por qué tanta agresividad e inquina personal? ¿Qué puede explicar tamaña distorsión? ¿Es posible que algunos entendieran realmente la dichosa pregunta y las pretensiones de quienes la incluyeron en el barómetro de abril de la manera en la que lo hicieron? ¿Se pueden explicar las exageraciones y amplificaciones por el clima social y psicológico que se está viviendo en momentos tan excepcionales y extenuantes como los actuales?

La verdad es que, a medida que han ido aumentando los tiempos de confinamiento, han ido apareciendo, lógicamente, tensiones psicológicas y convivenciales propias de circunstancias de sobre-exposición e intensidad de la convivencia en recintos cerrados (algo que está muy estudiado por los psicólogos y psiquiatras). Lo que se suele traducir en comportamientos y reacciones interpersonales —y también comunicativas— muy propias de los internamientos.

Al igual que ocurre con aquellas parejas, familiares o compañeros de trabajo que tienen detrás una historia de tensiones, conflictos y discrepancias, que suelen estallar cuando se encuentran sometidos a condiciones estresantes de intensa interconexión. Ocasiones en las que todos los roces tienden a amplificarse, a veces hasta extremos ridículos, en los que un insignificante montículo de arena se acaba convirtiendo psicológicamente, por menos de nada, en una montaña enorme que termina interponiéndose entre parejas y personas, en un proceso peculiar de neurosis agresiva amplificada. Neurosis bastante propia de las sociedades de nuestro tiempo, como muy bien analizó Karen Horney[1]. Por eso, precisamente, es bien conocido el fenómeno de aumento de los conflictos y las separaciones matrimoniales en períodos de vacaciones, en los que la convivencia se hace más intensa y, en ocasiones, neuróticamente insoportable.

Una tendencia similar de amplificación neurótica de los acontecimientos y las conductas discordantes se puede estar dando también ahora, como consecuencia de las condiciones de enclaustramiento ante el COVID-19. Lo que, quizás, podría explicar algunas de las exageraciones —lógicamente interesadas— en las que algunos políticos y opinadores están cayendo cuando sacan “deducciones” tan desmedidas y distorsionadas sobre “preguntas” o “cuestiones” que, si se analizaran más despacio, se caería en la cuenta de que no son en realidad sino pequeños montículos de arena y no gigantescas montañas que se pretende que parezcan barreras infranqueables. “¡Que no son gigantes mi Señor Don Quijote!”.

Por eso, en la política, y en la vida social sana —como sostenía Erich Fromm[2]—, es muy importante mantener, y en su caso recuperar, el sentido de la proporción y de la serenidad.

(Continuará la semana próxima)

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*Este texto forma parte del libro que está escribiendo el autor sobre las peripecias del CIS durante su Presidencia.

[1] Karen Horney, La personalidad neurótica de nuestro tiempo, Paidós, Buenos Aires, 1968.

[2] El célebre libro de Erich Fromm, traducido al español con el título de Psicoanálisis de la sociedad contemporánea (FCE, México 1956), en su versión original en inglés llevaba, precisamente, el título de The Sane Society (Reinchart &Co, New York, 1956).