Puede parecer paradójico analizar en esta columna el programa económico del candidato socialista a la presidencia de la República Francesa, tras quedar Benoit Hamon en quinto lugar con un mero 6 por ciento de los votos en la primera vuelta de las elecciones celebradas el 23 de abril de 2017.

Sin embargo, el fracaso electoral, atribuible ciertamente a causas bien distintas del proyecto programático, no resta un ápice de interés a una serie de ideas que tendrán que ser debatidas, al menos, por el conjunto de la socialdemocracia europea.

Sobre todo cuando, al calor del proceso en el PSOE para elegir al secretario general de la Comisión Ejecutiva Federal, hay quien se apresura a decir que el resultado de Hamon no se debe al legado de Hollande (curiosamente su nivel de popularidad es también del 6 por ciento) ni a la deslealtad de muchos de sus ex compañeros (Valls, derrotado en las primarias socialistas, quien declaró su apoyo a Macron) sino a un supuesto izquierdismo, que en España representaría Pedro Sánchez.

Solamente por eso merece la pena pues revisar las propuestas económicas de Hamon. En efecto, se trata de un programa progresista y avanzado, pero en absoluto radical, al menos no en el sentido de extremista.

Así, la plataforma del candidato socialista propone un IVA reducido para los productos con menor huella de carbono, para facilitar la transición hacia una economía circular, la creación de un estatuto del trabajador autónomo, el lanzamiento de un programa público de inversiones estratégicas, un impuesto a la sustitución de trabajadores manuales por robots automatizados, y la introducción de una renta básica de 600 euros para todos los mayores de 18 años, entre otras medidas.

Se trata por tanto de propuestas innovadoras que dan respuesta a los retos de una economía post-industrial donde el mundo del trabajo no es ya el de los siglos XIX, por mor de la revolución digital y la robótica, y que merecen una discusión seria y en profundidad.

El establecimiento de un IVA verde, o el impuesto a los robots, son por lo demás medidas no solo necesarias para la transición ecológica y el fomento del trabajo, sino perfectamente realizables en el corto plazo.

En cuanto al salario ciudadano, requiere de un examen a fondo, no solo desde el punto de vista de su financiación (podría ser viable si se condensan en la renta una pluralidad de ayudas sociales existentes hoy en día) sino también filosófico, pues si por un lado garantizar a toda la ciudadanía una renta mínima que permita acceder a la alimentación, el vestido y la vivienda puede ser la siguiente gran conquista de la socialdemocracia, pues a nadie se le debe negar disfrutar de estos tres bienes, junto con la sanidad y la educación, por otro cabe plantear si el acceso a esta renta de ciudadanía debiera ser condicionado a la realización de un trabajo o actividad en favor de la comunidad.

En todo caso hay que saludar la valentía de Hamon al haber incluido esta medida en un programa electoral, pues de haber obtenido el respaldo mayoritario de la sociedad francesa, el parlamento tendría que haber examinado la propuesta, y tal vez hubiera sido aprobada con los ajustes que se hubieran considerado pertinentes. Pero no se trata de una idea extremista, sino avanzada y acorde con unos tiempos en los que el trabajo manual se encuentra en franco retroceso como consecuencia de la revolución tecnológica y la deslocalización industrial, por lo que no es evidente que se pueda garantizar al conjunto de la ciudadanía un empleo en el sector privado. Lo mismo se puede decir del conjunto de su oferta programática, muy relevante para quien pretenda renovar la socialdemocracia en España y en Europa.