Hace aproximadamente dos meses, el profesor de investigación emérito del CSIC, Jesús Ávila, quien se cuenta además entre los científicos más galardonados del país y que ha presidido y dirigido prestigiosas instituciones y asociaciones científicas, me dirigió un mensaje de correo electrónico. En él me informaba de que, en su condición de miembro destacado de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (AAAS, de sus siglas en inglés), le había llegado la noticia de que existía un movimiento en los Estados Unidos, generado desde la comunidad científica. Tal movimiento perseguía hacer patente ante y hacia la sociedad –querían además que la incidencia fuera mundial- los riesgos que suponen para nuestro acervo común de bienestar, el desprecio hacia lo que es la ciencia, su método y su responsabilidad, resultante de las decisiones presupuestarias y administrativas de Donald Trump. El profesor Ávila, como neurocientífico y ciudadano responsable, es un fiel seguidor de D. Santiago Ramón y Cajal, tanto en lo que se refiere a la defensa del conocimiento científico en nuestro país como en la preocupación por la política científica (véase por ejemplo, el libro del Premio Nobel “Los tónicos de la voluntad: Reglas y consejos sobre la investigación científica”). Este recuerdo al investigador de Petilla de Aragón (Navarra) me lleva a un pequeño desahogo intelectual: a los científicos e intelectuales españoles les ha dolido España porque la aman, quizás más que aquellos que le declaran constantemente su amor pero no les duele el país, sino que más bien se aprovechan.

Volvamos sin embargo a nuestro terreno. A Jesús Ávila le preocupaba que un movimiento global de reclamación ante la sociedad del potencial económico y social de la ciencia, no llegara a España. Como pequeña ayuda para contrarrestar la justificada inquietud, escribí rápidamente un artículo sobre el tema del activismo científico que la Fundación Sistema incorporó en su web, a la vez que le puse en contacto con Gilles Mirambeau, un científico francés especialista en bioquímica de macromoléculas e interacciones complejas, reubicado en Cataluña, quien con Sabine Louet coordina el movimiento Euroscientist, una asociación de base (desde abajo hacia arriba) de científicos y ciudadanos con interés por la ciencia y su relación con la sociedad, incluyendo la política científica. Mirambeau indagó en redes sociales para conocer la situación en España y me comentó en conversación telefónica que había encontrado la plataforma de un grupo de jóvenes científicos que habían tenido que abandonar por dificultades materiales y personales. Afortunadamente, un joven periodista, Javier Jiménez tomó el relevo para continuar con la iniciativa y decidió asumir la responsabilidad de coordinar el evento. A partir de ese momento, gracias a las técnicas de comunicación social, se fueron incorporando nuevos colaboradores y se trató de extender la red incorporando a las instituciones que habían participado en la iniciativa Carta por la Ciencia como la Confederación de Sociedades Científicas de España (COSCE), el ámbito investigador de la Conferencia de Rectores de las Universidad Españolas (CRUE), el sindicato Comisiones Obreras bajo el impulso de Salce Elvira y Emilio Criado -incansable científico del CSIC preocupado desde la organización sindical por la ciencia y la investigación científica en nuestro país-, diversas federaciones y asociaciones promovidas por los Jóvenes Investigadores, así como la implicación personal, digna de todo nuestro reconocimiento, de Amaya Moro Martín, brillante astrofísica del Instituto de Astrobiología, ahora en Baltimore exiliada por los recortes en España, pero siempre interesada por la ciencia y su política en nuestro país, sin duda porque España le duele.

Tras un proceso intenso de negociaciones -que corría en paralelo con las informaciones de las adhesiones internacionales que alcanzaban cifras impresionantes cercanas a las 700-, no exento de dificultades, de contradicciones, controversias, aunque siempre canalizadas desde la pasión por la ciencia, se ha celebrado la Marcha el 22 de abril de 2017, día de la Tierra, en Madrid y varias ciudades españolas. Barcelona, Sevilla, Granada, Girona y Valladolid. En la capital de España, trascurrió entre el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte y el Ministerio de Hacienda y Función Pública, un corto pero simbólico recorrido por el centro de Madrid, que en una suerte de milagro laico, llenó un colectivo cercano a 2.000 personas con representantes de todos los estamentos que trabajan por la ciencia (la última convocatoria de Carta por la Ciencia hace unos pocos años reunió unas pocas decenas de personas). En esta ocasión, entre centenares de jóvenes científicas y científicos, estaban, por mencionar algunas personas representativas, Federico Mayor Zaragoza, una de las figuras claves en la gestión de la ciencia, la tecnología, la cultura y la educación universitaria tanto en España como en la esfera internacional durante la segunda mitad del siglo XX; el presidente de COSCE, Nazario Martín; un destacado representante de la CRUE, Rafael Garesse, vicerrector de la Universidad Autónoma de Madrid; el presidente de la Sociedad Española de Bioquímica y Biología Molecular, Félix Goñi, que llegó desde el País Vasco; el presidente de la Sociedad Española de Física, Adolfo Azcárraga que vino desde Valencia; y dos destacados representantes de las instituciones científicas del campo de las Neurociencias, Ángela Nieto y Juan Lerma procedentes de Alicante. Por razones de afecto personal, quiero mencionar también la presencia de la recién nombrada Catedrática de la Universidad Complutense y empresaria biotecnológica, Ángeles Heras.

Siguiendo con el ámbito personal, tuve la agradable sorpresa de encontrarme al lado en plena marcha con Nicolás Sartorius, vicepresidente ejecutivo de la Fundación Alternativas, seleccionado por el Instituto de Filosofía del CSIC en la XXIII edición de las Conferencias Aranguren para desarrollar el tema de “La crisis de la democracia” y una de las grandes figuras políticas y sindicales de la Transición. Somos además coetáneos y nos hemos encontrado recientemente para colaborar en un informe sobre la situación de la Ciencia en España que promueve dicha fundación. Durante el recorrido, estuvimos charlando sobre la historia de la ciencia en España y debatiendo sobre el controvertido papel de José María Albareda en la política científica tras la Guerra Civil. Es decir, marchando y charlando sobre política científica un sábado por la mañana. Algo infrecuente aunque un placer personal y fruto de un término del que abuso mucho: la serendipìa.

A continuación, voy a tratar de explicar el porqué y el para qué de la iniciativa de la Marcha. En el trayecto hasta el inicio de la misma se me ocurrió el argumento: emergió, como evidente para mí, que la comunidad científica y académica de los Estados Unidos viene disfrutando desde mediados del siglo pasado de la política científica que impulsó Roosevelt, ideó y puso en marcha su asesor científico Vannevar Bush, con el admirado informe “Science: The Endless Frontier” ( Ciencia, la frontera sin límites), contando para ello con el apoyo de Truman, el siguiente presidente de los Estados Unidos, que en lugar de sentirse adanista, asumió lo que su antecesor quería. Con la elección deTrump, han visto esa situación en peligro y de ahí la reacción de la Marcha, iniciativa que aprecio como diferente y espectacular: además no han pretendido poner la ciencia en la agenda política sino en la SOCIEDAD. Es, vengo insistiendo, donde hay que poner ahora la ciencia en este periodo de la historia. Si se consigue, entrará en la agenda política.

Desde aquel proyecto de V. Bush, el modelo estadounidense es el que los países avanzados europeos quisieron alcanzar y que, con matices derivados de las distintas idiosincrasias y condicionantes históricos, se ha establecido. Las mayores dificultades para conseguir este objetivo, con plena entidad y operatividad financiera y organizativa, se han dado en los países del Sur de Europa y obviamente en los países del Este europeo que se debaten entre el modelo soviético y el norteamericano, como curiosamente y en cierto modo nos ha pasado a los franceses y a nosotros. Aunque no puedo desarrollar esta idea -queda para futuros artículos-, sin embargo, en estos días tan afrancesados, quiero rendir homenaje a los colegas franceses que finalmente han podido celebrar sus marchas en veinte ciudades. Gracias a la generosidad de Emilio Criado tuve acceso a su manifiesto que me encantó como propuesta de política para la ciencia. No obstante, a pesar de nuestras semejanzas tenemos muchas diferencias, porque de hecho, en diversas e importantes ocasiones de la historia, no hemos querido ser franceses y lo hemos dejado claro de forma ostensible.

De todas formas no hay que ser un optimista ingenuo. En ningún sitio la reacción positiva ante esta iniciativa de la Marcha ha sido unánime entre los científicos (el conservadurismo y la defensa del statu quo se ha instalado en la comunidad científica, pero esto también es otro artículo y otra historia), como ya mostré en mi artículo anterior sobre activismo científico, publicado en esta misma web. Parece que en Francia, última información que me ha llegado, también ha habido posiciones políticas ante la Marcha diferentes, en su caso mezcladas con la elección presidencial.

Como prueba de nuestras diferencias, aquí hemos tenido dos manifiestos. Uno de ellos fue leído con voz vibrante por una joven investigadora -Diana Furcila; presidenta de la Asociación de Jóvenes Investigadores de Madrid (AJIM)- que contó con el apoyo de un megáfono, aportado por Comisiones Obreras, a falta de mejores soportes por ausencia de recursos más sofisticados. El Manifiesto que trascribo a continuación da en mi opinión bastantes razones del porqué y para qué de la Marcha.

MANIFIESTO DE LA MARCHA POR LA CIENCIA EN MADRID

El día próximo 22 de abril, Día de La Tierra, se celebrará una marcha de apoyo a la ciencia en más de cuatrocientas ciudades de todo el mundo. La iniciativa surgió en Estados Unidos como respuesta a la profunda preocupación de científicos y ciudadanos ante la creciente ola de políticas anticientíficas y la erosión de la imagen social de la ciencia. Los grupos que niegan de modo interesado evidencias científicas, como el cambio climático, la efectividad de las vacunas o la teoría de la evolución, están alcanzando en todo el mundo una influencia sin precedentes. La negación de conceptos establecidos por la ciencia puede acarrear consecuencias desastrosas para el objetivo de construir un mundo más justo y más seguro, ya que en un mundo que deseamos sea libre y democrático las políticas tienen que estar informadas por la mejor evidencia disponible y el análisis riguroso que aporta el método científico.

La Marcha por la Ciencia adquiere un significado especial en España, donde los recortes en investigación civil (capítulos 1-7) han alcanzado el 35% desde el año 2009 (siendo el recorte aún mayor si se tiene en cuenta la inflación). Desde el punto de vista económico, el efecto a corto y largo plazo es extremadamente preocupante porque la relación directa entre inversión en ciencia y productividad económica ha sido confirmada por instituciones como la UNESCO, StarMetrics, las Academias Científicas americanas, el Medical Research Council del Reino Unido, o Vinnova de Suecia. Es por ello que países como EEUU, Suecia, Alemania, Canadá y Australia hicieron frente a la reciente crisis económica aumentando su inversión en ciencia, al contrario que España.

Uno de los resultados más preocupantes de que la ciencia nunca haya sido una prioridad en España, y en particular de los recortes de los últimos años, es que muchos investigadores formados en este país se han visto obligados a elegir entre el desempleo o la precariedad y la emigración. Entre los años 2010 y 2016, España ha perdido más de 10.000 investigadores (4.000 de ellos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas). Esto es particularmente preocupante en un país donde el nivel de paro es superior al 20% (un 50% en los jóvenes menores de 30 años) y donde existe un creciente deterioro de los servicios básicos en sanidad, educación, dependencia o cultura. El déficit de competitividad del aparato productivo español en actividades de contenido tecnológico medio y alto ha repercutido negativamente en la calidad del empleo, en los niveles salariales y en la sostenibilidad a largo plazo de la actividad económica, creando bolsas de pobreza, debilitando la cohesión social y contribuyendo a la dualización creciente de nuestra sociedad.

Esta situación ha sido ampliamente criticada por diversos colectivos como Carta por la Ciencia o Marea Roja que, apoyados por sociedades científicas, académicas y sindicatos, plasmaron sus reivindicaciones en el Pacto por la Ciencia que fue firmado en Diciembre del 2013 por todos los partidos políticos con representación parlamentaria, excepto el partido en el poder.

Reclamamos que se cumplan sus reivindicaciones fundamentales, en particular:

  1. La planificación plurianual para recuperar a lo largo de la legislatura los niveles de inversión pública en ciencia del 2009. En estos tres años tras la firma del Pacto por la Ciencia, no se ha avanzado en el objetivo de alcanzar un presupuesto para ciencia estable y gestionado de forma independiente.
  2. La eliminación de los límites a la tasa de reposición del empleo público en actividades relacionadas con la investigación y el establecimiento de un plan de choque para incorporar nuevos recursos, para recuperar talento emigrado y para la reducción de la grave tasa de precariedad. Por el contrario, la universidad y la investigación han sido relegadas de la oferta pública de empleo de 2017.
  3. El compromiso plurianual para el cumplimiento de los Planes Nacionales de I+D en sus convocatorias y plazos. Lejos de cumplir este compromiso, el Plan Estatal de Ciencia y Tecnología, que debería haber entrado en vigor en enero de 2017, aún no ha sido aprobado.
  4. Reclamamos además la integración de la ciencia en la agenda política de forma que quienes deben tomar decisiones legislativas y ejecutivas dispongan de información científica constante, suficiente y eficaz mediante la incorporación de entidades personales o colectivas que asesoren a los miembros del Congreso de los Diputados, y a los componentes del Ejecutivo, desde la Presidencia del gobierno a las estructura de los Ministerios.

La comunidad científica es a su vez responsable de fortalecer la necesaria labor de comunicación y divulgación de la actividad investigadora para hacerla llegar a toda la ciudadanía y para estimular la participación de la sociedad en la definición de las prioridades investigadoras y en la gobernanza de la Ciencia española. Ha también de defender una educación pública que incluya el método científico y ayude a los ciudadanos a enfrentarse con datos y análisis crítico a los desafíos científicos, tecnológicos y sociales del mañana.

El daño hasta ahora infringido a la estructura científica en España requerirá décadas para su recuperación, por lo que es urgente un drástico cambio de rumbo que debe ser el resultado del esfuerzo colectivo de toda la sociedad, con los científicos al frente. Por lo tanto convocamos a todos los ciudadanos que valoran la ciencia como una herramienta al servicio del bien común y defienden la cultura científica y humanística como un elemento básico de las sociedades democráticas, a suscribir este manifiesto y a participar en las Marcha por la Ciencia que tendrán lugar en diferentes ciudades en España. Porque invertir en ciencia es invertir en el país. Porque sin ciencia no hay futuro.

El Manifiesto de COSCE

COSCE también ha preparado su manifiesto, elaborado con todo cuidado y consensuado, accesible en http//cosce.org/manifiestoporlaciencia/com, con el que estoy en alto porcentaje de acuerdo salvo en dos de los puntos estratégicos. Asimismo recomiendo su lectura, y solo para subrayar su impacto, indicar que en la consulta realizada el día 23 de abril de 2017 había recibido 6956 firmas de apoyo.

Comentarios finales

Al acabar la Marcha, me dieron dos noticias que aunque no puedo contrastar, las incluyo ya que considero las fuentes de confianza: una, que el Congreso de los Estados Unidos, de mayoría republicana, ha considerado el valor social y cívico de la iniciativa de las Marchas; la otra, que representantes políticos de la Asamblea de Madrid propusieron que se apoyara el Manifiesto de la COSCE. El partido Popular se opuso a ello, según me comentaron las fuentes “por orden de arriba”. Una lástima que se va haciendo crónica, porque parece que en dicho partido hay cierta alergia a las iniciativas que persiguen colocar la ciencia en la agenda política.

En todo caso, el evento para nuestros parámetros ha sido un gran éxito, y sobre todo con improvisación, corto tiempo de preparación y de existir diferencias. Su logro posee unos caracteres y valores como: internacional, interestamental, intergeneracional, cooperativo, integrador y participativo, que nos hacen sentir cierto optimismo. Quizás se ha diseñado el camino para la posibilidad de un Pacto Social por, para y con la ciencia: una apuesta que supondría consagrar la integración de la ciencia en la SOCIEDAD.