La pandemia causada por el COVID-19 es un hecho social crítico, que culmina un proceso de transición desde la sociedad moderna a la transdigital 5.0. Sus impactos son de tal intensidad, que se proyectan hacia el futuro, un futuro que es percibido por la opinión pública en términos de incertidumbre y hasta temor.

Una “nueva fase histórica” marcada por la mudanza en las relaciones de poder y de producción, en las que acontecen entre el Estado y la sociedad civil, el capital y el trabajo, así como en interacciones humanas que acontecen en el ámbito de las instituciones sociales. Instituciones sociales que son, en definitiva, agentes socializadores que inculcan a los seres humanos, desde su nacimiento, la cultura y las normas que guían su conducta para su integración como miembros de la sociedad: la familia, la escuela y los grupos de pares.

Los últimos meses han acelerado la implementación y uso de formas de actuación en lo social que ya estaban entre nosotros, anticipándose tendencias que configurarán un mundo con perfiles y rasgos diferenciados del actual, algunas de las cuales bosquejamos a continuación:

La globalización nos ha conducido a una sociedad transdigital 5.0, pues las posibilidades de comunicación y organización trascienden los espacios geográficos concretos y la temporalidad. Previsiblemente esta forma de comunicación adquirirá un notable protagonismo, en detrimento del cara a cara presencial, que decir tiene, además, de su fuerte imbricación en el ámbito laboral y el ocio. El hogar, en este contexto, deviene en un espacio a la par que privado, público, pudiéndose ocasionar disfunciones y problemáticas.

En segundo lugar, plantear que la brecha digital era ya un criterio de estratificación social, si bien en este periodo se ha agudizado. Según el último informe FOESSA[1]; el no pertenecer a la comunidad virtual ha minado la igualdad de oportunidades, tanto entre los niños como entre los hogares más excluidos. No en vano en uno de cada tres hogares en exclusión grave (34%) está disminuyendo el rendimiento escolar de sus hijos/as al no poder seguido el curso académico y muchos pequeños se están quedando atrás en su proceso de aprendizaje. Según el informe Saved our education de Save the Children, presentado en julio pasado[2], en torno a 258 millones de niños y niñas, en todo el planeta estaban sin escolarizar antes de la pandemia de la Covid-19, cifra que se ha elevado, en los últimos meses, a 1.600 millones. En paralelo, 500 millones de alumnos no han tenido acceso a ningún tipo de educación a distancia durante el cierre de sus centros de estudio por falta de recursos tecnológicos y de apoyo por sus adultos de referencia. Lo anterior se traduce en que 9,7 millones de pequeños podrían abandonar sus estudios hasta final de año. A resultas de los datos anteriores, esta entidad alerta que encaramos “una emergencia educativa mundial sin precedentes” a consecuencia de los previos recortes presupuestarios en educación, y al notable aumento de la pobreza covidiana.

En tercer lugar, se perfila una relación Estado/sociedad, un Estado que necesariamente ha de intervenir para dirigir los programas y medidas de actuación asociadas a la crisis sanitaria y la consecuente crisis económica, que ya está entre nosotros. Según el precitado informe Foessa, 3 de cada 10 personas en situación de exclusión grave carecen de cualquier tipo de ingreso, y solo 1 de cada cuatro hogares se puede sostener del empleo. Desafiamos, además, un alto riesgo de emergencia habitacional, ya que tras el primer impacto del coronavirus, el 49,2% de los hogares en España en situación de grave precariedad no han podido hacer frente a los pagos de hipoteca o alquiler de la vivienda y el 51,2% no cuentan con dinero suficiente para pagar suministros básicos.

En cuarto lugar, son de prever nuevas relaciones y condiciones laborales en el sector servicios, particularmente, comercio, comunicaciones, turismo, hostelería, ocio, cultura, espectáculos, administración pública y servicios públicos… que se han visto particularmente afectados por la necesidad del distanciamiento físico y la transdigitalidad 5.0.

En quinto lugar, usos sociales que existían en la fase pre Covid 19, como realizar compras por INTERNET, asistir a congresos virtuales (webinars) podrían convertirse en prácticas habituales del día a día. Según un estudio realizado, en pleno confinamiento, por Mastercard España, el pasado mayo, el 62% de los encuestados para el mismo afirmó realizar ahora más compras online que nunca. Entre las razones que consignaban encontramos desde la comodidad, a la satisfacción con el servicio y la cautela ante la pandemia. Para las personas con más de 60 años, el miedo al contagio fue la principal causa. Por otro lado, sirva de ejemplo, que el 44% empezó, en aquellas fechas, a realizar operaciones bancarias online, el 32% aprendió a gestionar su salud y solicitar sus medicamentos telemáticamente, el 78% declaró tener alguna una suscripción en línea con plataformas de contenidos audiovisuales, el 38% a jugar a videojuegos; el 37% a ver monólogos o espectáculos cómicos, el 29% a visitar museos o lugares de interés virtualmente y el 28% a aprender idiomas a través de estos formatos[3].

En sexto y, último lugar, retomar una realidad presentada en otro texto de este foro, la difícil y triste vivencia de las muertes de los familiares y seres queridos atendidos y residenciados, durante el confinamiento y actualmente, en centros sanitarios y/o residencias para personas mayores. En su caso, la despedida y el duelo posterior no se ha producido en condiciones de normalidad, debido a que la gravedad de la pandemia ha exigido seguir estrictos criterios de seguridad, con aforo limitado, lo que ha impedido compartir comunitariamente el dolor ante las pérdidas. Así las cosas, surgieron los velatorios virtuales. Son startups que han puesto a disposición de las familias, velatorios personalizados para compartir el adiós con los seres queridos y rendir homenaje a los fallecidos con imágenes, vídeos, textos… El resultado es que se facilita a los familiares un libro de condolencias en formato digital, en el que los que se recogen testimonios de cariño y apoyo por las pérdidas. También por Twitter y Facebook han sido publicadas fotos de fallecidos por coronavirus con textos a modo de conmemoración. En definitiva, las redes sociales han devenido en espacios de evocación, en donde el vivir y el ser se han desplazado desde el mundo real al virtual, sin que nos haya dado tiempo a asimilarlo por el frenético ritmo e intensidad de unos acontecimientos vividos en tiempo record.

Finalmente, apuntar que desde mi punto de vista el universo COVID está incorporando, redefiniendo y asentando tendencias y cambios que ya formaban parte de nuestra cotidianeidad, bajo la atenta mirada del gran hermano, el capitalismo hiper vigilante, que lejos de fragilizarse en este periodo, juzgo se ha hecho más fuerte y poderoso.

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[1] Véase, https://www.foessa.es/blog/analisis-y-perspectivas-2020-la-covid-19-ha-anulado-el-efecto-de-la-recuperacion-y-hemos-vuelto-al-peor-momento-de-la-ultima-crisis-2/

[2] Véase, https://www.savethechildren.es/sites/default/files/2020-07/SaveOurEducationReport.pdf

[3] Véase, https://newsroom.mastercard.com/eu/es/2020/05/18/segun-el-ultimo-estudio-de-mastercard-el-62-de-los-espanoles-afirma-realizar-mas-compras-online-desde-que-comenzo-el-confinamiento/