La noche del 31 de diciembre de 1999 al 1 enero de 2000 el Vicepresidente del Gobierno de España (Rato) celebró el cambio de año con algunos colaboradores, amigos y familiares en el Bunker de la Moncloa. La justificación de tan extraño lugar era poder estar en primera línea ante las posibles consecuencias del “efecto 2000” en el sistema cibernético mundial. La anécdota además de su curiosidad está llena de simbolismo. Una nueva época se recibía al abrigo de gruesos muros de hormigón, como protegiéndose de un tiempo diferente de consecuencias imprevistas.

Esta bunkerización es lo que viene sucediendo desde que la globalización asimétrica abrió una era que superaba históricamente la anterior modificando las condiciones sociales, económicas, culturales y del conocimiento universal de lo que se estaba sucediendo. Un nuevo orden mundial que termino en desorden y donde fue decayendo el poder del individuo, de los sindicatos, de los movimientos sociales y de los partidos políticos representantes de los trabajadores y de las clases medias en favor de los grandes intereses económicos. El callado deterioro de la política avanzó hasta que en la primavera de 2011 el que aquí denominamos Movimiento del 15M (que no tiene herederos políticos organizados no nos equivoquemos) recorrió desde la Puerta del Sol hasta llegar a Nueva York. Fue el clamor pacífico y la gran llamada de atención de que el camino de la gobernabilidad había fracasado en sus formas y en su fondo. Con él la crisis económica dejaba heridos en los territorios del bienestar. A partir de ahí en las democracias occidentales todo empezaba a ser distinto, en qué no se sabía, pero sí distinto. Muchos han continuado dentro del bunker y aspiran y pelean para seguir en él. Las causas: defensa de grandes intereses o pírricos para unos, e ignorancia o complacencia intelectual para otros.

Dos opciones se abren: Seguir en la cueva o afrontar la realidad. La primera augura poco recorrido y la segunda tiene un serio problema, no existe “google map” que nos marque el recorrido más rápido, certero, sin peajes y que nos diga tiempo de llegada. Hay cosas, no obstante, que sí hay que empezar a tener claras para posicionarse. Elegir entre el protagonismo de los ciudadanos, de la élites (políticas, económicas, culturales, etc.), de las entidades cívicas democráticas (partidos, sindicatos, organizaciones profesionales, ONGs, movimientos sociales); o las grandes corporaciones económicas, financieras y mediáticas transnacionales frente a las que el ciudadano-consumidor se convierte en un ser pequeño e indefenso. Incluso el Estado en su desapoderamiento, burocratización, desideologización y pérdida de capacidad de intervención en un mercado agresivo se está convirtiendo de nuevo en un instrumento limitador de la esfera ciudadana. Todos somos Daniel Blake el personaje de la última película de Loach.

Frente a ello, lo único que queda es recuperar el valor de la política y la importancia de acción política personal. La herramienta es obvia, los partidos políticos. Ahora bien, no la vieja concepción del partido donde el último sentido de la afiliación termina en la pertenecía. Hoy es la participación por las diferentes vías que posibilitan las nuevas tecnologías, sumadas a las tradicionales, definiendo el espacio real de ser miembro de un grupo donde la opinión se considera y cuenta, la participación sirve de mecanismo de enriquecimiento cívico, ayudando al ciudadano a entender los problemas y a ser partícipe de sus soluciones. Un agente vivificador del partido, por su relación con la sociedad, y de la sociedad con afiliados que sean ciudadanos activos y activadores no adormecidos por las meras explicaciones de lo plausible, como viene siendo lo habitual, y del “estamos trabajando en ello” para luego ver que los resultados de lo dicho terminan siendo muy distintos a lo demandado.

La democracia representativa es sin dudas el sistema que permite una decisión más rápida y eficiente en la gestión de la agenda pública y también la que permite un mayor control asegurando la gobernabilidad y la estabilidad. Pero ello no empece propiciar una participación más activa de los ciudadanos que asuman como propias las cuestiones colectivas, pues así lo son. Seamos rigurosos y científicos, eso no es ni asambleísmo, ni populismo, ni riesgo alguno para el sistema democrático. Todo lo contrario, es potenciar y reforzar los sistemas de representación política. Es evitar que el discurso político populista, de decir lo que se quiere oír, sea o no factible, triunfe, propiciado por una sociedad de opinión, por la afluencia ingente de medios de comunicaciones digital y por el descontrol de las redes sociales. Recuperar al ciudadano para la política para evitar que el poder sea manipulado desde las elites sin legitimación democrática.

Encerrarse en un añorado pasado nos puede hacer estar abiertos a la nada, a no tener un futuro con la calidad democrática y la cohesión social que nos permita tener una sociedad sostenible. Tener miedo es legítimo, crear miedo no.