La(s) crisis global(es) del siglo XXI

El período de (aparente) bonanza y dolce vita disfrutado en la segunda mitad del siglo XX fue la crisálida de la que emergió una crisis global en el inicio del siglo XXI, en forma de pandemia -con el preludio de la crisis climática y ambiental y de la crisis económica y financiera-, ajenos como estábamos, en nuestra burbuja de sociedades desarrolladas occidentales, ante la emergencia de otras epidemias localizadas que, aun en un mundo que calificamos como globalizado, observábamos como distantes y ajenas. Nos encontramos ante una crisis global, por su extensión geográfica y por su dimensión sanitaria, económica y social. Una crisis que, como las que afectaron a la humanidad en la primera mitad del siglo precedente, manifiesta una coyuntura que se ha ido gestando largamente, como ya ocurrió en aquellos años, delante de nuestra cara pero oculta a nuestras desentrenadas visión y razón [[1], pp.13-17] [2] [3].

En esta situación de emergencia mundial provocada por la COVID-19, la ciencia ha aflorado como una esperanza, aunque lo ha hecho en una sociedad con escasa cultura científica y un reducido conocimiento del modo como se desarrolla la actividad científica y de los métodos que contribuyen a la producción y validación de los conocimientos científicos y técnicos. Los que propugnamos la interdisciplinariedad en la proyección de las ciencias sociales y humanas a la compleja realidad actual, pensamos en los estudios CTS como instrumento potencial para alcanzar tal objetivo. Los estudios sobre Ciencia, Tecnología y Sociedad (CTS) surgieron en los años 1970 [4], precisamente cuando la euforia de los países occidentales vencedores de la Segunda Guerra Mundial empezó a experimentar las primeras crisis económicas y de progreso en el bienestar y calidad de vida, con motivo de la primera crisis del petróleo, como bien evoca Ian Kershaw [[5], pp. 289-339]

Nos enfrentamos asimismo a un problema de pérdida de confianza en las instituciones, bamboleadas por el conflicto entre la necesidad de certezas y la infodemia.

Muchos autores identifican la sucesión de la crisis económica y financiera de 2008 y la de la COVID-19 como el trance más severo en la historia de la humanidad desde la Gran Depresión. Quizás sea una afirmación verosímil, pero no por ello completa, ya que lleva implícita una visión ególatra por parte del mundo desarrollado. Otras crisis globales o pandemias afectan a la humanidad de un modo estructural desde hace años e incluso siglos: la pobreza y el hambre, la precariedad vital y la inseguridad laboral y económica, la guerra, la desigualdad y la exclusión, la discriminación de colectivos y personas, el racismo y la xenofobia, la falta de acceso a la vivienda o a la atención social de mayores y personas dependientes, la despoblación y los desequilibrios territoriales, el machismo y la violencia y desprecio contra la mujer, el calentamiento global y la emergencia ambiental, la pérdida de biodiversidad, o la progresiva destrucción de ecosistemas terrestres y marinos.

Toda esta situación se caracteriza por una gestión compleja y por una gobernanza con problemas que afecta a las democracias, como refleja el alza de los populismos y unas reacciones sociales que reflejan el conflicto entre la incertidumbre, la falta de confianza en los expertos y las reacciones sustentadas en la fatiga.

Afrontar el debate desde la perspectiva institucional supone dar un salto en el institucionalismo, que se ha centrado en el campo de las ciencias sociales y no se ha extendido a los estudios CTS, no se ha explorado bajo miradas analíticas basadas en aproximaciones desde las ciencias sin adjetivos.

El caso español y el bosque de las ilusiones perdidas

España viene persiguiendo a lo largo de su historia llegar a ser un país democrático y moderno. Los déficits institucionales han acompañado los problemas para alcanzar este objetivo. Ha habido árboles resultantes de iniciativas grupales, incluso cooperativas, pero no se ha alcanzado el bosque institucional.

«La polarización es tan extrema que tapa cualquier debate sobre el funcionamiento de las instituciones», afirmaba Eduardo Madina en su sinopsis de un año 2020 próximo a su final [6]. Cuando la polarización se instala en el ámbito político, dificulta el diálogo, el debate y el funcionamiento de las instituciones, así como el establecimiento de una estrategia o proyecto de país, de pactos en torno a cualquiera que sea el problema o tema de interés de la población. Y se extiende y difunde en ella.

Semejante espacio y estado de polarización tiene, entre otros efectos, el de imposibilitar el diseño de estrategias comunes con respecto a la ciencia, la innovación y la tecnología, y a su base y fundamento, la educación. La española es una democracia que, aun recogiendo en el artículo 44 de su Constitución la obligación de los poderes públicos de promover la ciencia y la investigación científica en beneficio del interés general, es heredera y continuadora de la tradición de desprecio y desaire del conocimiento científico, del desarrollo científico y tecnológico, y de la innovación. La española no es una ‘cienciodemocracia’ o ‘tecnodemocracia’, una democracia implicada con la ciencia y la tecnología, sino por el contrario una democracia de (meso) instituciones y ciudadanos espectadores y consumidores de los desarrollos e innovaciones producidos allende nuestras fronteras. Paradójicamente, en muchos de ellos participan científicos, tecnólogos y emprendedores nacidos y formados en España, emigrados para ¡ay! desarrollar su talento y amortizar su formación en y en beneficio de entornos más favorables.

En España, la pandemia nos ha brindado alguna actuación institucional que supone asimismo una declaración de intenciones y un giro copernicano en el avance hacia un futuro más social y solidario. El gobierno de coalición -una novedad en la democracia española posfranquista, que nos está mostrando las posibilidades y capacidades de este tipo de gobiernos, frente a los ejecutivos monocolor de los que hemos tenido abundantes ejemplos a lo largo de la historia- logró la aprobación, el pasado mes de junio, del ingreso mínimo vital, una medida que muestra una voluntad de generosidad y solidaridad, y que supone un pequeño paso en una senda hacia la disminución de la pobreza estructural. Mientras tanto, durante la pandemia asistimos al debilitamiento de instituciones tan significativas como el Poder Judicial, cuya renovación de su Consejo General, tras dos años de finalización del mandato de sus componentes, se ve paralizada por mor de la obstaculización ejercida por ciertos sectores políticos y la ausencia de pronunciamiento y actuación, pareciera que interesada, por parte de sus componentes.

En esta coyuntura, es necesario recordar la mención que la presidenta del Congreso, Meritxell Batet hizo, en su discurso con motivo del acto institucional del Día de la Constitución celebrado en el Congreso de los Diputados [7], de las posibilidades que el conocimiento y la investigación científica pueden aportar a la reconstrucción económica y social. No obstante, sigue pendiente en nuestro país el logro de un Pacto Social por la Ciencia, por más que se haya reclamado desde distintas instituciones y sectores, y que la ciencia haya sido invocada como elemento esencial para el desarrollo económico y social. El ejemplo más reciente es el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia de la Economía española, presentado por el Gobierno de España el pasado 7 de octubre, que asigna a la ciencia un lugar preminente como palanca esencial en los planes de reconstrucción, y aboga por un pacto por la ciencia y la innovación. Sigue pendiente, asimismo, conseguir un pacto nacional por la educación.

Aprendizaje social e institucional

Una de las grandes cuestiones que se plantean en esta como en todas las crisis, en todas las situaciones de convulsión personal o social, es si se ha aprendido algo. El aprendizaje, la acumulación de experiencia utilizable en futuras crisis, es el gran rédito que cabe obtener con vistas al futuro. Es posible que el tránsito por la COVID-19 no suponga un gran aprendizaje, que aprendamos poco o nada. Pero es que los cambios en la humanidad son mínimamente incrementales, de forma que cuesta observarlos en escala humana de años, de generaciones. Es la perspectiva histórica de amplio rango, junto con una visión optimista de futuro, la que permite, sin caer en la ingenuidad, identificar las lecciones aprendidas e interiorizar las experiencias, para incorporarlas a la inteligencia colectiva.

Andrea Rizzi [8], que recomienda «tratar de fijarse en las luces que todo tiempo oscuro alberga», identifica cuatro luces o estrellas que señalan el camino. Dos globales; y dos regionales, en el ámbito de la Unión Europea. Las primeras son la ciencia y la humanidad que muestra su mejor faceta. «Los logros de la ciencia, del esfuerzo intelectual y experimental que eleva y salva», esfuerzo que se ha materializado particularmente en el caso de las vacunas frente a la COVID-19, y que sigue manteniéndose, a la sombra de este logro, tratando otras cuestiones no menos importantes y de largo alcance (otras enfermedades, calentamiento global, energías renovables, nuevos materiales, etc.). Y la abnegación y dedicación del personal sanitario y de trabajadores humildes y anónimos que desempeñan funciones que se han manifestado esenciales cuando las creíamos secundarias, y el ejercicio de responsabilidad de la mayoría de la población. Ambas contribuyen a que se vislumbre esperanza, a pesar de los desafíos a que se enfrentan una y otra.

La ciencia tiene que hacer frente: a los intentos de deslegitimación y desprestigio por parte de banderas políticas y sociales enarboladas por populismos, negacionismos y demás iniciativas estratégicas llevadas por las emociones; al antiintelectualismo y el anticientifismo; a la manipulación de los datos científicos, la desinformación, los bulos y mentiras; al mercantilismo; y a la banalización ligada a la excesiva exposición mediática y al cortoplacismo en las expectativas de obtención de resultados.

Y el empuje de la ciudadanía responsable, a los autoritarismos y absolutismos, la autocracia y el iliberalismo, los populismos, y el neo y ultra liberalismo, que intentan reprimirlo, mientras se ve refrenado por irresponsables, insolidarios, egoístas… y debilitado por los pusilánimes y por quienes practican la inacción interesada.

Las dos estrellas regionales a las que se refiere Rizzi tienen que ver con la inusitada respuesta de la Unión Europea frente a la crisis sanitaria, económica, y social generada por la COVID-19, que ha supuesto un giro copernicano, al que parece haberse sumado el Fondo Monetario Internacional (FMI), en relación con su modo de actuar frente a la crisis financiera de 2008.  En el ámbito europeo, por una parte, su histórica decisión de emitir deuda común; y por otro, la intensificación de su lucha conjunta contra el calentamiento global, elevando del 40% anterior al 55% el objetivo de reducción de emisiones en relación con el nivel de 1990, lo que puede ser considerado al menos como una declaración de intenciones y un paso adelante, a pesar de las reticencias de algunos de los socios comunitarios. Un ejemplo de actuación y solidaridad institucional, y de reforzamiento de la institución europea en respuesta a una necesidad colectiva y común de todos los países integrantes de la unión.

La pandemia de COVID-19 pasará tarde o temprano. Es posible que consigamos acabar con el virus, pero es altamente probable que se convierta en estacional y debamos convivir con él en el futuro, como lo hacemos con otros virus respiratorios, aplicando las herramientas epidemiológicas y farmacológicas de prevención del contagio del virus y tratamiento de los síntomas de la enfermedad. Pero sin duda seguiremos enfrentándonos a nuevas epidemias y pandemias, a nuevas enfermedades. Y tendremos que seguir haciendo frente a otros problemas, retos y necesidades estructurales que persistirán; a esas ‘otras pandemias’ -que merecen esta denominación cuando se considera la enfermedad como la alteración en lo moral o espiritual, o la anormalidad dañosa en el funcionamiento de instituciones, colectividades, etc.-

Viejos y nuevos retos para un renovado imaginario político, institucional y social.

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[1] Kershaw, I. (2019). Ascenso y crisis: Europa 1950-2017, un camino incierto. Barcelona: Crítica. [Rollercoaster: Europe, 1950-2017. London (UK): Allen Lane, 2018]

[2] Kershaw, I. (2016). Descenso a los infiernos: Europa 1914-1949. Barcelona: Crítica. [To hell and back: Europe, 1914-1949. London (UK): Penguin, 2015].

[3] Zweig, S. (2002). El mundo de ayer. Memorias de un europeo. Barcelona: Acantilado. [Die Welt von Gestern: Erinnerungen eines Europäers. Stockholm: Bermann-Fischer Verlag AB, 1942].

[4] Medina, M., Sanmartin, J. (Eds.). (1990). Ciencia, Tecnología y Sociedad: Estudios interdisciplinares en la universidad, en la educación, y en la gestión pública. Barcelona: Anthropos; Leioa (Vizcaya): Universidad del País Vasco.

[5] Kershaw, I. (2019). Ascenso y crisis: Europa 1950-2017, un camino incierto. Barcelona: Crítica. [Rollercoaster: Europe, 1950-2017. London (UK): Allen Lane, 2018].

[6] Madina, E. (2020). En busca de un proyecto de país. Especial Ethic: 2020, el año que cambió la historia. https://ethic.es/especiales/especial-2020/#eduardo-madina

[7] Congreso de los diputados (2020) La presidenta del Congreso, Meritxell Batet, destaca en su intervención en el acto institucional que «la Constitución sirve para aunar voluntades, no para imponer las propias». Nota de prensa. 6 diciembre 2020. https://www.congreso.es/web/guest/notas-de-prensa?p_p_id=notasprensa&p_p_lifecycle=0&p_p_state=normal&p_p_mode=view&_notasprensa_mvcPath=detalle&_notasprensa_notaId=38350

[8] Rizzi, A. (2020). Luces en el año más oscuro desde 1945. El País, 19 Dic. https://elpais.com/internacional/2020-12-18/luces-en-el-ano-mas-oscuro-desde-1945.html

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Jesús Rey Rocha es investigador en el Departamento de Ciencia, Tecnología y Sociedad (CTS) del Instituto de Filosofía (IFS) del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Es socio fundacional y miembro de la Junta Directiva de la Asociación Española para el Avance de la Ciencia (AEAC).

Emilio Muñoz Ruiz es investigador ad honorem en el Departamento de Ciencia, Tecnología y Sociedad (CTS) del IFS-CSIC y en la Unidad de Investigación CTS del CIEMAT. Es socio promotor de la Asociación Española para el Avance de la Ciencia (AEAC) y miembro de su Consejo Consultivo.

 

Fotografía: Carmen Barrios