El 8 de marzo del 2018, hace tan solo dos años, se vivió la movilización histórica más impresionante. Todos imaginábamos que supondría un antes y un después.

Y así ha sido. Pero no en el sentido que esperábamos. Porque, de alguna manera, el éxito del feminismo, de la defensa de la igualdad de las mujeres, como “sujeto político” de la revolución feminista, como defensa de una sociedad justa que trate por igual a hombres y mujeres, que combata la desigualdad social que no es lo mismo que la diferencia, (ese éxito) supuso que muchas otras reivindicaciones se sumaran a una plataforma que lleva XX siglos de historia.

En aquella manifestación histórica pudimos ver pancartas donde se reivindicaba la elección de género por un lado, mientras que por otro se argumentaba que usar el hiyab es una elección feminista.

Y el debate estaba servido. En aquella macromanifestación histórica se había larvado la crisis actual que está viviendo el feminismo, más bien, la confusión a la que muchos y muchas están sometiendo un movimiento político reivindicativo de las mujeres, que son la mitad de la humanidad, y que se ven sometidas por una cultura patriarcal.

La defensa de los derechos de la mujer no es un tema de diversidad ni de deseos ni de elección.

Lamentablemente, decir esto ya abre el debate. Porque de lo que hablaremos en los próximos años es de legalizar o no la prostitución considerándola una actividad económica más; la elección libre de género (no como una construcción social y cultural, sino como la libertad de elección), como una autodeterminación; el empoderamiento de la vestimenta islámica; la necesaria aceptación social de las personas trans y la defensa de su felicidad; o los vientres de alquiler (aunque se les quiera dar el “elegante” nombre de gestación subrogada).

Claro que las personas trans sufren agresiones y graves problemas, y déficit de derechos civiles. Como también en su momento lo sufrieron las personas homosexuales y España se convirtió en el país legislativamente más tolerante, promoviendo leyes y aceptación socio-cultural que permitieran derechos, libertad y felicidad a las personas homosexuales.

El feminismo ha defendido siempre que todos los ciudadanos y ciudadanas deben tener los mismos derechos, y también lo hace ahora respecto al colectivo trans. Pero, la MUJER, la mitad de la población, el sujeto político revolucionario de una sociedad de iguales, NO es un colectivo ni una minoría.

Cualquier persona puede y debe reivindicar sus necesidades sociales, pero no todo es feminismo (ya sé que esto incide aún más en el debate). Y, lamentablemente, una parte de la izquierda invalida a voces feministas autorizadas, tanto en el activismo como en lo académico, al plantear esta nueva ola como una superación de las reivindicaciones de la mujer, porque hay otros muchos más problemas que se engarzan en la llamada “diversidad”, y que constituye uno de los problemas nucleares.

¿Es lo mismo feminismo que diversidad?

En medio de este debate surge la ley de Libertad Sexual que además ha supuesto las primeras fricciones dentro del gobierno. Fricciones que las considero dentro de lo normal y no me escandalizan en absoluto. Conviven dos partidos diferentes, y si ya es difícil no discutir con los propios, porque las peculiaridades y puntos de vista existen, resulta normal que se haga en un encaje tan valiente como el del gobierno de Sánchez.

Seguramente a mí, (es mi opinión personal sin haber leído aún la ley con detenimiento) no me gustará ese borrador en su totalidad. Seguro que hay temas que no veo bien resueltos y otros que probablemente vea innecesarios. Así que la discrepancia, las correcciones técnicas o no, los diferentes puntos de vista entre miembros del gobierno o entre los dos partidos no me asustan ni veo que sean noticias. Y mucho menos es “machismo” (creo que Pablo Iglesias ha sido suficientemente contestado por todos los medios, incluido las mujeres feministas que han visto fuera de lugar sus acusaciones y mucho más su defensa innecesaria de la Ministra de Igualdad, que tiene capacidad sobrada para defenderse).

No, no es un problema de machismo ni tampoco de visión antigua del feminismo, como también pretenden decir. Es algo más serio. Está en la base de comprender políticamente los conceptos desigualdad/diferencia. Y el debate de la izquierda, hasta ahora, estaba ubicado en la igualdad, mientras que ahora el debate se ha desplazado hacia el cuestionamiento de la diferencia.

Quizás sea necesario revisar lo que significa feminismo. Y crear espacios reivindicativos diferentes.

Y ya sé que expresar hoy mi opinión, con la prudencia y mesura que he procurado hacerlo, genera polémica. Pero, también hemos de procurar cordura y diálogo, porque mientras, la derecha más ultra utiliza el debate para socavar los grandes éxitos que hasta ahora ha conseguido el feminismo.

Lo que menos podemos permitirnos es una contrarevolución ideológica y cultural. Entonces no hablaremos de decisiones individuales de libertad de elección, porque no habrá derechos sociales sobre las que sustentarlas.