Un pueblo situado en una zona rural en el centro de Francia es el escenario donde se desarrollan los acontecimientos en menos de 24 horas. En él viven dos de los hombres que dan título a la obra. Cuarenta años antes, coincidieron con otros jóvenes como ellos haciendo el servicio militar obligatorio en la guerra de Argelia. Aunque emparentados, hoy sus vidas se han alejado mucho. Mientras que Rabut forma parte de la pequeña colectividad donde nació, Bernard se ha convertido en un borracho, separado de su mujer e hijos, que odia a los inmigrantes árabes. Un incidente mínimo -el regalo de un broche- desencadena una serie de hechos que colocan a Bernard ante una previsible denuncia por atacar a una familia árabe, y provoca en Rabut una reflexión sobre aquel pasado de horror que parecía dormido y olvidado para siempre pero que subyace en sus vidas como subyace en la historia de Francia.

Pero el autor no eleva su discurso a ningún tipo de reflexión histórica o política. Su empeño reside en circunscribirse en la experiencia de esos jóvenes campesinos, arrancados de su realidad y abocados a defender una causa que no entienden, a formar parte de uno de los bandos que actúan por igual con violencia y crueldad extrema. Estas escenas, al revés de lo que ocurre con mucha narrativa actual, no ponen el acento en la brutalidad física y en la sangre, sino en la injusticia, en la piedad por las víctimas siempre inocentes, como el niño asesinado por los soldados franceses o la niña del cuartel por el FLN argelino.

Un crítico ha comparado a Mauvignier con Faulkner. A mí me ha recordado viejas lecturas de Giono. En cualquier caso, el estilo de Mauvignier, su forma de narrar es lo que hace tan irresistible la lectura de esta novela: frases inacabadas, la forma magistral con la que retrasa la descripción de determinadas acciones, poniendo por delante la de sus consecuencias, como si el personaje o el propio autor titubearan, sintieran reparos o vergüenza en comunicarnos tanto horror. Son rasgos que caracterizan una voz poderosa y original. Hombres es una gran novela política que nos habla de lo que hay detrás o debajo de la política -los hombres- y del silencio que a veces la cubre, y está escrita con extraordinaria profundidad moral y con rigor y especial talento narrativo.

La novela y la reflexión dramática del personaje finalizan en un párrafo que refleja toda la contradicción y absurdidad de la vida y el pasado de estos hombres, y la imposibilidad de una vuelta atrás o una redención.

“Me gustaría ver si Argelia existe y si no he dejado allí algo más que mi juventud. Me gustaría ver, qué se yo, me gustaría ver si el aire es tan azul como en mis recuerdos, si todavía come tapas la gente […]. Y lo que quería allí, en el coche, era no oír nunca más el ruido de los cañones y los gritos. No conocer el olor de un cuerpo calcinado. Ni el olor de la muerte. Me gustaría saber si podemos comenzar a vivir cuando sabemos que es demasiado tarde”.